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19 y 20 de diciembre de 2001.-



martes, 7 de junio de 2011

HABLA FUKUYAMA..

¡¡¡ POR la REELECCION de CRISTINA FERNANDEZ KIRCHNER 2011 ¡¡


El inicio de la historia

01.06.2011

EN LA PIZARRA. Fukuyama en su casa de Palo Alto.
Cuando la era comunista se desvanecía, declaró el final de la historia. Con las revueltas en el Oriente Medio, la muerte de Bin Laden y el auge de China, Francis Fukuyama reactualiza sus pronósticos.
Por Andrew Bast

En la época en que la extinta Unión Soviética invadió Afganistán, en 1979, Francis Fukuyama era sólo un investigador incipiente de 27 años en RAND Corporation, un importante think tank centrado en el Ejército. ¿Su asignación? Crear una estrategia para contrarrestar la movida de Moscú. Pero tras disertar sobre la política exterior soviética en Harvard, Fukuyama se dio cuenta de que Washington no sabía casi nada del sur de Asia. Así que agarró el teléfono.

"Lo siguiente que supe fue que el ISI (el servicio de inteligencia de Pakistán) me ofrecía un viaje de dos semanas a la Provincia de Frontera del Noroeste", recuerda Fukuyama, con referencia a la traicionera región fronteriza de ese país con Afganistán. El ambicioso erudito trepó al avión y pronto estaba entrevistando a refugiados afganos y cenando con soldados en el Paso Khyber. Como prueba, existe una antigua foto de Fukuyama con una amplia sonrisa y anteojos de sol a la moda, comiendo un mango al lado de un coronel paquistaní. Al regresar, Fukuyama redactó "una pequeña nota -dice-, argumentando que Estados Unidos debía apoyar a los muyahidines". Poco después, el Gobierno de Reagan enviaba aviones F-16 a Pakistán. Fukuyama niega que su análisis haya servido como catalizador de esa medida. Pero Nueva Delhi creía que sí: "Me convertí en una de las personas más odiadas en la India", señala.

Como sea, la audaz empresa fue la primera prueba clara de que los instintos intelectuales de Fukuyama lo habían integrado en los rincones más estratégicos y peligrosos del mundo desde el punto de vista geopolítico.

Más de dos décadas después, se puede ver que Fukuyama, que actualmente tiene 58 años y es miembro Freeman Spogli de la junta rectora de la Universidad de Stanford, envejeció envidiablemente poco. Es la mañana de un lunes lluvioso, y está sentado en su mesa de cocina de madera de cerezo en su nueva casa en California. Los anteojos de sol y las expediciones secretas a Asia ya desaparecieron, pero el hambre intelectual permanece.

Sobre la mesa se encuentra una carta de una página y Fukuyama se reclina en su silla, como si buscara evitarla. La carta es de la Iniciativa de Política Exterior, el emprendimiento más reciente del movimiento neoconservador estadounidense, integrado por personas como William Kristol, John Podhoretz y Max Boot
—hombres que defienden el uso del poder militar estadounidense para "enderezar" el orden mundial—. En el comunicado se exigía que el presidente Obama desencadenara ataques aéreos sobre Libia. Alguna vez, Fukuyama habría sido parte de esa pandilla. Después de todo, su nombre figuraba al pie de la famosa carta de 1998 en la que el Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense (un grupo político neoconservador) exigía a Bill Clinton el derrocamiento de Saddam Hussein.

Entonces, ¿por qué ahora está ausente el nombre de Fukuyama? "Eso presupone que quiero ser miembro de ese club", dice de repente, mientras quita la cáscara a varios pistachos. Pensativo y reservado, a Fukuyama, sin embargo, nunca le faltan las palabras. Es como si ninguna pregunta le provocara sorpresa, por lo que ninguna respuesta es improvisada: ya sea que se trate sobre el futuro de la democracia en El Cairo o la longevidad del Partido Comunista en Beijing. Lo que no quiere decir que sea insulso. De hecho, al hablar acerca de los republicanos actuales, es totalmente mordaz: "Todos los realistas de la era de Kissinger, como Robert Zoellick, James Baker y Brent Scowcroft, se fueron. Hoy el partido es un terreno yermo. Son sólo aficionados en lo relacionado con la política exterior".

Francis Fukuyama —"Frank", para sus amigos— es quizás el especialista contemporáneo en ciencias políticas con mayores ventas en el mundo, gracias a "¿El fin de la historia?", publicado por primera vez como un ensayo en The National Interest en 1989 y que tres años más tarde evolucionó en un libro, sin signos de interrogación. Su impacto provino tanto de su inolvidable título (que se integró en la mente de muchos millones de personas que no leyeron el libro) como de su contenido (con el que muchas menos personas están familiarizadas). En pocas palabras, la tesis de Fukuyama era que con el fracaso del comunismo soviético, la gran pregunta de cómo habrían de organizarse los seres humanos se había resuelto. Sin duda, las revoluciones y la guerra continuarían, pero la democracia liberal sería la única alternativa. Así que la Historia, con H mayúscula, estaba acabada.

Tras haber comenzado por el final, Fukuyama vuelve ahora al origen. Quiere responder a la pregunta existencial de la política: ¿de dónde viene el Estado?

Pero ahora persigue este proyecto a solas. Dio la espalda al movimiento neoconservador. No tiene interés en congraciarse con el establishment de la política exterior. En realidad, tras 22 años en
Washington, Fukuyama se escapó a Stanford. Vive en Palo Alto, California, donde reina el dinero de las empresas punto-com. "Google está sobre esta misma calle. Mi esposa se encontró con Mark Zuckerberg en Trader Joe’s —dice—, y si observa bien, es probable que vea varios Ferraris por todas partes" (de hecho, al final de la tarde, el dulce sol de California había empezado a brillar, y habíamos visto dos). El fin de la historia... fue un libro decisivo para Fukuyama, no sólo como intelectual público sino también económicamente. Su hermosa nueva casa (a la que él y su esposa acaban de mudarse) se encuentra en una de las zonas más caras de Estados Unidos.

Sin embargo, el autoexilio de su antiguo entorno y de sus viejos socios parece haber ofrecido a Fukuyama una especie de emancipación mental, lo que le ha permitido liberarse de la parafernalia ideológica y estar a la altura de su gran obra. Su nuevo libro, The Origins of Political Order (Los orígenes del orden político), trata de comprender cómo los seres humanos trascendieron las afiliaciones tribales y se organizaron en sociedades políticas. "En el mundo desarrollado, damos tan por sentada la existencia del Estado que a veces olvidamos lo difícil que fue su creación", escribe.

El orden político, dice Fukuyama, comenzó en la antigua China. Bastante después, para la época de la dinastía Qin, en 221 a.C., aproximadamente 10.000 territorios tribales en toda Asia habían sido acorralados para formar un solo Estado. ¿Cómo ocurrió eso? En resumidas cuentas: el Estado evolucionó para permitir hacer la guerra en forma más eficiente. En un recorrido a través de varios milenios, el autor investiga la evolución política de la India: la estricta estructura de clases sociales definió su política. Luego está el califato islámico: "No hay ejemplo más claro de la importancia de las ideas para la política que el surgimiento de un Estado árabe bajo el profeta Mahoma", pero la difusión del islam "dependió también en gran medida del poder político" y de la esclavitud militar, señala. Finalmente, aporta una idea general del surgimiento de la Iglesia Católica en Europa: "La separación occidental entre la Iglesia y el Estado no ha sido una constante desde el advenimiento del cristianismo, sino algo mucho más episódico —de hecho, estableció lo que conocemos hoy como el imperio de la ley" (el libro termina con la Revolución Francesa, y deja la historia posterior para el próximo volumen).

¿Cómo interpreta Fukuyama el confuso mundo de hoy, con las revoluciones que sacuden el Oriente Medio y el resto del planeta dividido entre el modelo democrático de libre mercado de
Washington y el capitalismo autoritario estatal de Beijing? "Existe algo muy gratificante en el hecho de que el Oriente Medio demuestre que el islam no está en contra de las corrientes democráticas que se extendieron en otras partes del mundo", dice. "Pero en realidad, lo que es más importante es lo que pasa después". Se trata, por supuesto, del proceso turbio y a menudo polémico de lograr la democracia. Son lugares complicados —el gobierno despótico atrofió los partidos políticos (o, como en Libia, los borró por completo) y destruyó a la sociedad civil—. Es ahí donde comienza el verdadero problema. El autor se muestra pesimista acerca de la "primavera árabe". "Le garantizo que en un año o dos, esto no lucirá tan optimista. Ése es el argumento principal de mi libro. Se necesitan instituciones, líderes, y la corrupción tiene que estar bajo control. Éstos son los defectos de muchos movimientos democráticos. Y está ocurriendo otra vez —si miramos a Egipto, los partidos liberales se tambalean".

Fukuyama acepta que la intervención en Libia, aún con sus problemas, es mejor que dejarle a Kadafi tomar Bengasi. Y también sostiene que Barack Obama no tenía otra opción que mandar a matar a Osama bin Laden: "En un caso extraordinario como éste, no hubiera sido posible llevarlo a juicio. Se habría transformado en un circo", dijo a The Guardian.

Mientras el mundo no puede apartar la vista del Oriente Medio, Fukuyama, en cambio, mira hacia China. Beijing ha llegado a extremos —obstaculizando las comunicaciones, atacando las protestas con mano de hierro— para evitar que cualquier ola democrática se extienda demasiado. El Gobierno chino tendrá éxito y podrá sofocar las protestas, afirma, por lo menos a corto plazo. "El autoritarismo en China tiene una calidad mucho más alta que en el Oriente Medio", escribió hace poco. Las revoluciones no las producen los pobres desencantados, afirma, sino una clase media ascendente que está harta del gobierno anacrónico que no hace más que evitar que desarrolle todo su potencial. Así que es posible que Beijing mantenga feliz a su pueblo por ahora, pero en los próximos años, su mayor riesgo consiste en posponer las reformas democráticas y terminar siendo un régimen que se haya quedado atrás con respecto a su gente. Cuando la clase media china ya no esté dispuesta a renunciar a la libertad política a cambio de cheques salariales más grandes, o cuando el Partido Comunista se estanque y sea incapaz de mantener el ritmo de las masas, entonces el cambio habrá de producirse, de una manera o de otra.

Aunque pueda parecer extraño para un hombre que ganó fama y fortuna con un ensayo titulado "¿El fin de la historia?", su clarividencia como filósofo político fluye de su "repugnancia hacia los puntos de vista triunfalistas" (de acuerdo con Paul Berman, autor de Flight of the Intellectuals, La fuga de los intelectuales). Cuando Fukuyama se unió a los neoconservadores, en la década de 1970, bajo la tutela de Allan Bloom (quien escribió Closing of the American Mind, El cierre de la mente estadounidense), fue en gran parte como reacción contra el triunfalismo izquierdista que surgió a mediados de los años ‘60. Más recientemente, dice Berman, "el mismo tipo de triunfalismo sorprendió a los neoconservadores de la derecha, y [Fukuyama] se alejó de ellos".

Esa ruptura con el clan neoconservador tuvo un origen muy específico. En una cena anual del Instituto Empresarial de Estados Unidos, en febrero de 2004, Fukuyama escuchó por primera vez un discurso del vicepresidente Dick Cheney, y luego uno del columnista Charles Krauthammer, quien declaró que una "era unipolar" había comenzado, la cual, por supuesto, sería encabezada por Estados Unidos. "Todas las personas de mi mesa aclamaban con entusiasmo", recuerda Fukuyama. Pero en su opinión, Irak se convertía rápidamente en un desastre. "Todos mis amigos se habían alejado de la realidad".

En lugar de mantener el asunto en familia, Fukuyama lo hizo público. "Traté de mantenerlo únicamente en el nivel de las ideas y las políticas para no convertirlo en algo personal", dice. Pero eso no es completamente cierto. Quizás ahora piense de manera distinta, pero en 2006 Fukuyama escribió explícitamente en Estados Unidos en la encrucijada: "Es un asunto personal para mí". Personas como Paul Wolfowitz (entonces Subsecretario de Defensa y neoconservador) eran sus amigos —Wolfowitz no sólo dio a Fukuyama su primer empleo en el Departamento de Estado, sino que también lo reclutó posteriormente para Johns Hopkins— y Fukuyama los había traicionado (ni Krauthammer ni Wolfowitz respondieron a las repetidas solicitudes de NEWSWKEEK para presentar su versión de los hechos). "No —señala Fukuyama—, no hablé con Wolfowitz desde entonces".

La madre de Fukuyama nació en Kioto. Su abuelo paterno huyó de la guerra ruso-japonesa en 1905 y se instaló en Los Ángeles, donde abrió una ferretería. Sin embargo, décadas después, tuvo que vender de apuro la tienda cuando fue recluido con otros estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial, un episodio al que Fukuyama considera una "grave injusticia" y no duda en comparar con la islamofobia que, según muchas personas, recorre la sociedad estadounidense en la actualidad. "Este disparate surge del mismo impulso", asegura. Es una de las muchas oportunidades que aprovecha para tirar flechas a los conservadores, lo cual es extraordinario para un hombre que trabajó con dos Gobiernos republicanos.

Con el paso de los años, Fukuyama recorrió todo el escenario mundial como un intelectual camaleónico. "Al igual que muchas biografías, la mía sólo deambuló en forma aleatoria por todas partes y se estableció en un par de lugares afortunados que no estaban planeados en absoluto", afirma. En sus libros no sólo abordó temas como la política y la filosofía, sino también la biotecnología y esa idea tan explosiva que es la naturaleza humana. "Es increíblemente honesto desde el punto de vista intelectual", afirma Walter Russell Mead, historiador de la política exterior estadounidense. "Va a donde su cabeza lo lleva. Su primer deber es con la verdad como él la considera".

Si el primer deber de Fukuyama es efectivamente con la verdad, sus pasatiempos personales se encuentran en un muy cercano segundo lugar. "A ello se debe, en parte, que no regrese al gobierno: no tendría tiempo para ello", dice. En su oficina doméstica un gabinete de piso a techo aloja una torre de costosos componentes para escuchar música, incluyendo un tocadiscos de imagen futurista que cuesta tanto como un auto usado. "Las personas aficionadas a este tipo de cosas no hablan sobre graves y agudos, sino del espacio del sonido", explica, dejando caer la aguja sobre el disco Sketches of Spain, de Miles Davis. También tiene un taller de carpintería y es fotógrafo aficionado. "Actualmente, parece que dedico tanto tiempo a pensar sobre embragues como el que paso analizando la política en mi trabajo diurno", destacó hace poco.

Caminando entre los techos de tejas rojas y las fachadas de arenisca del campus de Stanford, Fukuyama explica que con Origins... se ve a sí mismo como una involución a lo que denomina los "grandes antropólogos históricos" del siglo XIX. Quizás el lector no reconozca los nombres —personas como Henry Maine y Frederic Maitland—, pero su método parece estar experimentando una especie de resurgimiento. Escribieron libros de grandes alcances y enormes ambiciones, abarcando distintos campos académicos y eras completas de la historia humana.

"El libro Guns, Germs and Steel (Armas, gérmenes y acero), de Jared Diamond, es probablemente lo más cercano a lo que estoy haciendo ahora", dice Fukuyama, comparándose con el autor de un exitoso texto traducido a 25 lenguas que argumentó en 1997 que la geografía y el clima habían determinado en última instancia por qué algunas sociedades (como Europa y América del Norte) prosperaban mientras otras (como África subsahariana) seguían siendo subdesarrolladas y pobres.

Sentado en su oficina en Stanford, Fukuyama echa un vistazo a las pilas caóticas de libros que lo rodean. "Pero Diamond no explicó la cultura y las ideas en su exploración del desarrollo", dice. Y eso, para Fukuyama, es lo más importante. Las ideas alimentan el motor de la historia, y en una época en que el número de ideas esenciales es cada vez menor, él lucha a cada paso para lograr que vuelvan a fluir.

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