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Córdoba, Argentina



19 y 20 de diciembre de 2001.-



sábado, 13 de noviembre de 2010

EL MIEDO HISTORICO

Un método de control que constituye a la deformada democracia argentina

Una historia del miedo

14-10-10 / De Rosas a la “crispación” de nuestros días, de la Campaña al Desierto a la irrupción de la Triple A, el temor fue un recurso usado por los distintos sectores que alcanzaron el poder para limitar el accionar de sus adversarios. Y el decreto de la última dictadura que determinó, sin metáforas, la prohibición de la “oposición”.


Por Alejandro Horowicz

Juan Manuel de Rosas utilizó el miedo como instrumento de disciplinamiento social, y no incluyó ninguna forma de disidencia legítima en el sistema político. La construcción de la clase dominante (estancieros capitalistas) y de la clase dominada (proletarios rurales) se materializó mediante una estancia militarizada que transformaba gauchos en peones.

En El matadero, relato fundante de Esteban Echeverría, se da cuenta de la naturalización de ese miedo, vinculando oposición política con el trato que se dispensa a una vaca, lo que impide distinguir opositor de vaca, y estancia de Estado. Rehaciendo la clásica fórmula de Sarmiento, diremos: civilización y barbarie. La civilización capitalista en esta construcción nacional admitía, admite ¿nuevas? formas de barbarie

La derrota de Rosas produjo, en Buenos Aires, otra clase de miedo colectivo: miedo al saqueo por parte de las montoneras. El odio de Buenos Aires a Rosas está vinculado a esta doble impronta: odio por el desvalimiento frente a la amenaza federal, y odio por los instrumentos con que confiscó políticamente a las clases ilustradas. Y ese último miedo, tolerarlo, no fue suficiente para evitar el primero, y por tanto potenció el odio.

Recordemos. La nación se funda mediante una triple masacre: de las montoneras federales, del pueblo paraguayo –Guerra de la Triple Alianza–, de los pueblos originarios –Campaña del Desierto–. Ese título anticipa el exterminio, la Patagonia se vuelve “desierto” tras la desaparición de los pueblos originarios. Entonces la consigna de Juan Bautista Alberdi (“gobernar es poblar”, con blancos europeos) modifica el paisaje humano del rosismo. Y bastó que los inmigrantes, mayoría de la fuerza de trabajo en la ciudad y en el campo, iniciaran luchas por mejorar las condiciones de existencia, para que la valoración del inmigrante mudara.

En 1902 el general Roca, vinculado a la triple masacre, envió al Senado un proyecto de ley: la 4.144; los extranjeros indeseables podían ser expulsados sin intervención judicial. Era una política terrorista de estancieros ante la “cuestión social”: política rosista parlante, la de Rosas era muda, en las condiciones formales de la Constitución del 53.

La lucha por democratizar la sociedad provenía de la vieja tradición criolla, federal, que por cierto no incluyó ninguna clase de debate. Los levantamientos armados radicales tampoco; amenazaban, eso si, con arrastrar a los trabajadores extranjeros junto al criollaje, como sucedió en México. En ese espejo se miró la oligarquía pampeana. Por eso, Roque Sáenz Peña promueve en 1912 el voto secreto según padrón militar. Ese giro descomprime, introduciendo un pliegue parlamentario que fractura el campo popular: peones criollos, de trabajadores extranjeros. La confluencia rechazada por el socialismo, y defendida por Federico Engels y Germán Ave Lallemant, había sido bloqueada.

Leopoldo Lugones, profeta del miedo programático, pronuncia en el Odeón sus conferencias sobre el Martín Fierro. Corría el año 13. Lugones propone otra lectura de un poema popular sin prestigio académico; la experiencia de un gaucho fortinero pasa a esencia ontológica del ser nacional. Y en lugar de facilitar una transmisión compartida, debatida, establece un acto de guerra semiótica que violenta la tradición oral, y desvaloriza la experiencia de los lectores. Es la 4.144 de la literatura.

La “Semana trágica” de enero del 19, con centenares de muertos obreros y un pogrom en Capital Federal, fue el primer capítulo de la nueva pedagogía. El segundo se desarrolló en el “desierto” repoblado con peones chilenos, entre 1921 y 1923. Y cuando estalla la crisis del 30, el comisario Lugones, hijo del poeta y padre de Pirí, inventa la picana eléctrica. La hora de la espada brilla en las mazmorras de la Sección Especial de la calle General Urquiza.

Entre 1930 y 1946 todos los obreros, con prescindencia de su nacionalidad, son extranjeros. La jornada histórica del 17 de octubre modifica el temario legítimo de la política nacional. La clase obrera luchó y obtuvo su derecho a ingresar a los entreveros de la república parlamentaria; con un añadido, logró que ese fuera el corazón del debate político nacional. Era la primera vez.

El discurso opositor subrayó que el gobierno no respetaba las libertades públicas. No se trata de negar lo obvio. La novedad pasaba por el nombre y apellido de las víctimas. Victoria Ocampo y la madre de Jorge Luis Borges fueron a parar a la cárcel del Buen Pastor, en lugar de los consabidos dirigentes obreros. Para restablecer el “orden natural” se levanta la Marina, en junio del 55. Querían asesinar al presidente, para eso bombardearon la Casa Rosada. El magnicidio reemplazaría el golpe de Estado, la intentona fracasó. Aun así, cuando la dirección ya estaba presa, un último bombardeo masacró a cientos de civiles sin ningún objetivo militar. Una matanza sustitutiva, pedagógica. La voluntad de aterrar infiriendo daños irreparables tenía por objeto frenar a todos los vacilantes. El golpe de septiembre transformó a la mayoría militar del gobierno en minoría política intelectualmente desarmada, con el auxilio dinámico de la Iglesia Católica. El terror como política sistémica había regresado.

En 1956, un general se levanta en armas en defensa de los derechos conculcados. Fracasa y el general Valle es fusilado pese a la promesa empeñada por sus camaradas. Un general puede pensar lo que le plazca, pero si actúa como piensa no puede ser peronista, integrar ese ejército, y seguir vivo.

Las alquimias electorales, por la proscripción del peronismo, desgastaron el orden político de los partidos de la Libertadora. En el ínterin hubo que repensar todo. Y en medio de ese debate el liberalismo pierde, por primera y única vez, la hegemonía cultural. Era una novedad de bulto. Las FF.AA. tuvieron que hacerse cargo de la suma del poder en 1966. Un autócrata católico las condujo al desastre. El general Onganía no sólo remedó el sainete de liberales y nacionalistas, sino que sufrió las puebladas que lo derrocaron; y quedó claro, ese gobierno soportaba un creciente aislamiento social, político y cultural.

Proscribir al peronismo facilitó el corrimiento de un segmento de los trabajadores hacia la izquierda radicalizada, y Cordobazo mediante surgió otra mayoría, la nueva alianza plebeya. Por primera vez en décadas las capas medias y una fracción de los trabajadores confluían. La vieja tradición federal del entrevero, tras el triunfo de la Revolución Cubana, produjo dos cosas: otro horizonte político, el socialismo, y las organizaciones armadas.

Ni el general Perón pudo imponer sus términos (fracaso en impulsar la desobediencia civil, en 1972, para derrocar al general Lanusse), ni la Libertadora pudo evitar el ingreso del peronismo a la nueva legalidad democrática. Era un empate terrible, es decir, un conflicto sin solución parlamentaria.

Tras la victoria electoral del doctor Cámpora, el general herbívoro regresó. Dos millones de ciudadanos se movilizaron, el 20 de junio, para recibirlo. Era el debate nacional mas importante de toda la historia argentina. Perón no se postuló para jefe de una revolución democrática a la cubana, ese y no otro fue el contenido del castrismo en enero del 59, sino como resultante de un amplio consenso que incluía la vieja clase dominante. Sus términos modificaban la estructura de poder, deshacían el viejo orden, que impulsado por la dinámica de Ezeiza, se volvía inaceptable para el establishment. Era el pórtico de una guerra civil. En ese choque descarrila el tercer peronismo, y la muerte del jefe cambia la naturaleza del diferendo. María Estela Martínez de Perón, la viuda, estructura el nuevo orden: la represión a la guerrilla (Operativo Independencia) y el Plan Rodrigo. Es decir, el programa de Martínez de Hoz en grageas homeopáticas.

El 24 de marzo de 1976 no se produjo tan sólo un golpe de Estado. Una dictadura burguesa unificada queda conformada, todos los segmentos del arco parlamentario se referencian en el gobierno militar. Y el que pusiera en entredicho esa política no podía ser otra cosa que un opositor imposible de distinguir, en la teología del Proceso, de un delincuente subversivo. El matadero de Echeverria volvía a dar cuenta de la política nacional. Otra vez estancia y Estado se volvían una sola cosa.

De la lectura de la proclama del 24 de marzo surge que no se tolerara ninguna forma de oposición. En el anteúltimo párrafo del texto se lee: “La conducción del proceso se ejercitará con absoluta firmeza y vocación de servicio. A partir de este momento, la responsabilidad asumida impone el ejercicio severo de la autoridad para erradicar definitivamente los vicios que afectan al país. Por ello, al par que continuará combatiendo sin tregua a la delincuencia subversiva abierta o encubierta y se desterrará toda demagogia, no se tolerará la corrupción o la venalidad bajo ninguna forma o circunstancia, ni tampoco cualquier transgresión a la ley u oposición al proceso de reparación que se inicia”.

Retomemos el hilo. El debate es una necesidad de la derrota, no de los derrotados, para construir un orden democrático. En 1983 no se descongela el 76, sólo se eliden los problemas. Los juicios a las Juntas Militares se pasaron por TV sin audio. Un juicio mudo. La democracia se redujo a evitar el golpe de Estado. Y la impunidad legalmente garantizada funcionó hasta el estallido del 2001. Dicho sin cortapisas: debate democrático e impunidad se excluyen. Sólo al restablecerse la relación entre los delitos y las penas el debate deja de ser una parodia. Con la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, la sociedad argentina recupera la posibilidad de prácticas democráticas. La debilidad de esa tradición es tan grande, que cuando el movimiento popular impulsa la acción crítica, con las limitaciones conocidas, la sociedad reduce el ruido de las diferencias a violencia discursiva. Por eso, responsabilizar al actual gobierno de una tradición tan extendida como nefasta, violenta todo análisis, e impide entender el impiadoso ciclo de la historia nacional.



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