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19 y 20 de diciembre de 2001.-



martes, 30 de noviembre de 2010

Wikileaks.....

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El país|Martes, 30 de noviembre de 2010
Bad comedy > Cables dispersos de la diplomacia norteamericana alimentaron el morbo nacional
Cuando Estados Unidos se muerde la cola
El capítulo argentino de Wikileaks, la enciclopedia mundial de las filtraciones, muestra qué ocurre cuando un grupo de burócratas formula preguntas y los diarios se apuran a interpretarlas a su particular manera.
Por Martín Granovsky

Cristina Kirchner y Hillary Clinton, en marzo pasado, durante la conferencia de prensa conjunta que coronó la visita de la norteamericana.Por decisión propia o ajena, por filtración o hackeo, los burócratas de inteligencia del Departamento de Estado acaban de imitar al personaje de la película El buen pastor. El atormentado protagonista que encarnaba Matt Damon, un agente de la CIA, terminó sin saber realmente para quién espiaba y quién lo espiaba a él. En el caso de los cables diplomáticos que difundió el diario El País habría que agregar otros personajes para una remake del film: además del perro que se muerde la cola (Damon) hay espectadores que miran su caca y la usan para interpretaciones esotéricas como si leyesen la borra del café.

Salvo que uno tenga la misma mente conspirativa de ese grupo de burócratas o sus admiradores españoles y argentinos, incapaces de articular una duda, es obvio que los cables conocidos hasta el momento no bastan para cerrar una buena historia. O al menos una historia seria.

Ayer El País de Madrid tuvo la gentileza de aportar los cables. Se agradece: había comenzado a tratar el tema de Wikileaks, la enciclopedia mundial de las filtraciones, con títulos sesgados sobre la Argentina que no aportaban ningún razón. En periodismo, razón es dato. No aportaba datos.

En una conducta habitual para organismos oficiales y corporaciones –pedir perfiles psicológicos de líderes extranjeros– un cable clasificado pregunta por “la dinámica interpersonal de Kirchner” y pide detalles sobre el comportamiento de Cristina Fernández de Kirchner y de Néstor Kirchner. Fue enviado por el área de inteligencia del Departamento de Estado a la embajada norteamericana en la Argentina el 31 de diciembre de 2009 a las 14.55. El cable está catalogado como “secreto”.

Un cable anterior agradece informes sobre el gobierno argentino. Ese cable es del 22 de abril de 2009 a las 13. También la catalogación es de “secreto”.

Un tercer cable, de la misma fecha que el primero, es la evaluación de la embajada de los Estados Unidos sobre la entonces reciente visita del secretario adjunto para Asuntos Latinoamericanos, Arturo Valenzuela. Ese cable es “confidencial”, o sea menos secreto que los anteriores, y fue desde Buenos Aires hacia Washington.

El Gobierno argentino no hizo ayer declaraciones oficiales sobre el tema. Un alto funcionario accedió a comentar el tema con Página/12 a condición de no ser citado. “Los cables revelan que una parte de la administración norteamericana se convirtió en un Estado policial, con un análisis muy pobre de la política internacional”, dijo. También tejió una hipótesis: “Muchas veces ese tipo de organismos, como los que hacen inteligencia dentro del Departamento de Estado, exageran su trabajo, aunque lleguen a conclusiones y límites absurdos, para autojustificar su existencia, pedir más presupuesto y aumentar su poder interno”.

La reacción de la embajada de los Estados Unidos, que firma la encargada de prensa Shannon Farrell, tiene el tono habitual de los momentos delicados. Elige las palabras para esquivar algún tema de fondo, como el que se deriva del Wikileaks, pero la articulación de vocablos se cuida de incurrir en una mentira que luego podría serle reprochada. “Los cables diplomáticos reflejan el análisis interno diario y apreciaciones directas que hacen a las deliberaciones sobre las relaciones externas del Gobierno”, dice casi en formato de manual. “A menudo, estos cables contienen expresiones preliminares e incompletas relacionadas con asuntos de política exterior”, agrega. Por eso recomienda no adjudicarles “peso propio ni son representativas de la política de los Estados Unidos”. Explica: “Citas parciales de análisis o comentarios expresados en cables no reflejan el contexto global y constituyen meramente la opinión del funcionario que informa o un compendio de opiniones de una variedad de fuentes locales destinadas a transmitir la diversidad de interpretaciones, especulaciones y argumentos sobre un asunto o cuestión determinada”.

El texto de Farrell tiene una habilidad: al hablar del “funcionario que informa” se refiere a la embajada y no al área de inteligencia conocidas con las siglas INR/OPS dentro del Departamento de Estado. La referencia a “expresiones preliminares e incompletas” podría abarcar a organismos con sede en Washington, pero eso no queda tan claro en el texto.

La INR/OPS quedaría así, dentro de las reglas generales del día de ayer, es decir en el marco de lo que la secretaria de Estado dijo (o no dijo) sobre los miles de documentos filtrados y que fueron a parar a Wikileaks. O dentro de lo que Hillary Clinton condenó porque las filtraciones podrían herir las relaciones con otros países.

En el cable que produjo el morbo mayor por parte de El País y de La Nación, la directora del INR/OPS, Elissa Pitterle, muestra su interés “por la dinámica de sus dirigentes, en particular en lo que tiene que ver con Cristina Fernández de Kirchner y Néstor Kirchner”. Señala que “sobre la base de informes previos y de acuerdo con nuestros valores analíticos, actualmente estamos preparando un informe escrito que examine la dinámica interpersonal del tándem gobernante”. Añade que tienen “una comprensión mucho más sólida del estilo y de la personalidad de Néstor Kirchner que de la de Cristina Fernández de Kirchner”.

Para evaluar a Cristina, ya Presidenta de la Nación, pide el documento enviado a la embajada:

En relación al “estado mental y la salud”, de qué modo la Presidenta “administra sus nervios y su ansiedad”, cómo “afecta el stress su comportamiento hacia sus asesores y su sistema de toma de decisiones”, si toma o no para el stress “alguna medicación”, de qué manera sus emociones “afectan sus decisiones” y “cómo se calma cuando se estresa”.

La preocupación por Kirchner es su situación gastrointestinal. La inquietud es si ese problema lo molesta y qué medicamentos usa. “Bien conocido por su temperamento, ¿demostró Néstor Kirchner una tendencia mayor a cambiar entre extremos emocionales? ¿Qué cosas son las que le disparan su ira?”

De nuevo sobre Cristina, cuando enfrenta problemas, “¿tiene una visión estratégica y con panorama o prefiere una visión táctica?” Y también: “¿Ve las cosas en blanco y negro o con matices?” Y esto: “¿Comparte con Néstor Kirchner la visión de la política que ve adversarios o modera el estilo de él de usar la mano pesada para la política?”

El Departamento de Estado también expresa curiosidad sobre cómo usan el día Cristina y Néstor y cuándo Cristina lleva la delantera en algún tema.

En el cable secreto en el que agradece información enviada antes del viaje del vicepresidente Joe Biden a Chile, pide datos precisos sobre la relación del entonces canciller Jorge Taiana con Montoneros y pregunta “por su supuesta participación en el atentado contra un bar en julio de 1975”. No inquiere por la prisión de Taiana, que comenzó justamente en 1975, durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón, pero en cambio interroga por “los varios nietos”, una inexactitud.

Los dos cables secretos están firmados, al final, con una palabra: “Clinton”. Es Hillary, claro, secretaria de Estado, y por lo tanto responsable de la curiosidad o la torpeza de sus subordinados para custodiarla.

Hasta el momento, al menos, no fueron o filtrados o difundidos documentos de respuesta exacta a los requerimientos. Si eso ocurriera podría emprenderse un análisis serio sobre si los diplomáticos encargados del tema refritaron notas mediocres de revista, cometieron algún acto ilegal en búsqueda de secretos médicos o simplemente conversaron con argentinos sobre esos temas y fueron armando un rompecabezas.

El caso del informe de la embajada sobre la breve gira de Valenzuela es más nítido. Incluso se asombra de que luego de la conferencia de prensa que dio, “los medios argentinos comenzaron a focalizar casi con exclusividad la declaración de Valenzuela sobre que la comunidad de negocios norteamericana en la Argentina le había transmitido preocupaciones sobre la vigencia de la ley y el manejo de la economía en la Argentina”. Dice el mismo documento que “la prensa informó que Valenzuela contrastó esas preocupaciones con el entusiasmo y las intenciones de invertir que manifestaba la comunidad de negocios en 1996”, cuando el mismo funcionario tomó contacto con empresarios durante la presidencia de Carlos Menem.

“Como ejemplo de la naturaleza sensacionalista de buena parte de la cobertura, La Nación puso en sus títulos el 17 de diciembre el siguiente: ‘Choque con los Estados Unidos sobre el Estado de Derecho en la Argentina’, y el 18 de diciembre ‘Protesta a los Estados Unidos sobre las críticas del enviado de Obama’”. En rigor, Estado de Derecho es una traducción literal. Tiene que ver con “rule of law”, expresión sajona utilizada como única porque ni en los Estados Unidos ni en el Reino Unido suelen usarse ni “seguridad jurídica” ni “inseguridad jurídica”, los dos eufemismos habituales en la Argentina en el mundo del lobby.

El texto de la embajada cita declaraciones del canciller, Héctor Timerman, que señaló que Valenzuela no se reunió ni con la CGT ni con el radicalismo sino solo con Francisco de Narváez, Mauricio Macri y Julio Cobos.

Lo que hasta que no se demuestre espionaje pudo ser una comedia de enredos o el simple trabajo –en algunos casos malo, en otros con mayor calidad, de un grupo de diplomáticos– quedó con un sesgo tremendista por la cobertura inicial de El País de España.

Ayer, en su edición impresa, El País incluyó un recuadro con el título “El mundo según Washington”. Allí, junto a la de cinco importantes figuras, está la foto de Cristina Kirchner y el texto dice: “Washington solicitó información sobre la salud mental de la presidenta argentina”. En la página 3 el diario español anuncia que mañana (por hoy) el diario ofrecería detalles. “Por ejemplo, sobre las sospechas que la presidenta argentina despierta en Washington, hasta el punto de que la Secretaría de Estado llega a solicitar información sobre su estado de salud mental”.

En la nota que saldrá hoy, y que anoche podía leerse por Internet, las cosas ya eran distintas. El artículo de Soledad Gallego-Díaz se titula “Inquietud por la personalidad y el modo de trabajo de Kirchner”. El primer párrafo menciona “una gran curiosidad por conocer la personalidad de la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner”. ¿Inquietud es lo mismo que curiosidad? No, pero algunos medios a veces exageran un poco para llamar la atención. Lo que está claro es que ni “inquietud” ni “curiosidad” son lo mismo que “sospechas”, que es lo que anunciaba El País que informaría ayer. Y “personalidad” no es lo mismo que “estado de salud mental”, expresión que como se vio en el primer cable nunca aparece de esa manera.

¿El País ya disponía de los cables filtrados sobre la Argentina? Si es así, ¿dio la primera información sin leerlos? ¿Anunció algo que luego no pudo satisfacer y después, con mayor profesionalidad, se corrigió? El diario no informó sobre esas contradicciones.

Más allá de la coincidencia o disidencia de cada lector con sus editoriales, y de la admiración por alguna de sus plumas o por el papel clave que cumplió en la transición democrática española, el diario carga con una mochila pesada. El 11 de marzo de 2004, cuando un grupo fundamentalista islámico cometió el atentado de la estación de Atocha, en Madrid, El País por acuerdo con el gobierno de José María Aznar especuló con que el atentado podría haber sido cometido por la organización terrorista ETA. No importaba que la ETA tuviese otra tradición criminal, de asesinatos selectivos y no de homicidios en masa, y que acostumbrase o anunciar o atribuirse de inmediato los ataques: para El País operaba, en ese momento, una razón de Estado.

La Nación de ayer tituló su nota principal “Preocupación por Cristina Kirchner”.

Debía ser una lectura libre de El País, que a su vez había hecho su lectura libre o sencillamente se había apurado.

Un título que la embajada de los Estados Unidos podría haber calificado de “sensacionalista”.

¿Lo hará hoy en su informe al Departamento de Estado?

Por favor, ahora no corte Wikileaks.

martin.granovsky@gmail.com


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