VIVA CRISTINA FERNANDEZ de KIRCHNER NOBEL de la PAZ 2013 ¡¡¡

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Córdoba, Argentina



19 y 20 de diciembre de 2001.-



domingo, 26 de diciembre de 2010

CONDENAS en CORDOBA

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El país|Domingo, 26 de diciembre de 2010
El debate No 41
Por Horacio Verbitsky
Con las condenas a Videla y Luciano Menéndez y con las absoluciones pronunciadas en Córdoba llegan a 41 los debates de juicio concluidos desde que se reabrieron los procesos. Sólo el 10 por ciento de los 1656 imputados ha recibido condena. Pero además de esos 166 condenados, hay otros 389 detenidos bajo proceso, hasta llegar a un total de 555. Permanecen en libertad 807, hay 37 prófugos y 257 murieron antes de la sentencia, según los cálculos del CELS. En 2010 la Cámara de Diputados votó por unanimidad (cosa excepcional dada la fuerte polarización existente) una declaración en la que llamó a la política de memoria y justicia “una bisagra ética fundamental del Estado de derecho que beneficia a la sociedad argentina en su conjunto”. Y la Corte Suprema de Justicia declaró que los juicios por crímenes de lesa humanidad “no dependen de la decisión de una persona que esté en el gobierno o de otra que no lo esté” sino que forman parte “del contrato social de los argentinos”. Este año la actividad judicial por esos crímenes se extendió a Santa Fe, Salta, la Capital Federal, Córdoba, Rosario, San Martín, Mar del Plata, Tucumán, La Rioja, La Plata, Santiago del Estero, Mendoza, San Rafael y La Pampa. Sin embargo, sólo ocho sentencias han sido confirmadas por la Cámara Nacional de Casación Penal y apenas tres por la Corte Suprema de Justicia, en los casos de Julio Simón, Miguel Etchecolatz y el sacerdote católico Christian von Wernich. Si todo siguiera a este ritmo, cansino a pesar de su aceleración reciente, la proporción de muertos antes de la sentencia en relación a los condenados, que hoy es de 1,55, no cesaría de crecer. Y otro tanto pasaría entre las víctimas y sus familiares.


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El país|Domingo, 26 de diciembre de 2010
OPINION
Tardó pero va llegando
Los discursos de los condenados a cadena perpetua en cárcel común. Frases remanidas y citas recientes. El avance en 2010 de los juicios por delitos de lesa humanidad, lo que viene en 2011. Sentencias y procesos en casi todas las provincias. Memoria, justicia, motivos para festejar.
Por Mario Wainfeld
Imagen: Pablo Piovano.
Jorge Rafael Videla, bueno es subrayarlo, ya estaba condenado por el Juicio a las Juntas: el indulto del presidente Carlos Menem fue declarado nulo, el fallo recobró plena vigencia. La decisión del Tribunal Federal Oral de Córdoba es, de cualquier manera, un hito histórico. Cadena perpetua y cárcel común para el ex dictador y represor. Le corresponden de pleno derecho porque fue juzgado por crímenes comunes y porque ha perdido la condición militar. Videla, un habitué del banquillo de los acusados, repitió su discurso remanido. Añadió, apenas, una excusa miserable ex post facto: una supuesta bendición (un pedido más bien) del dirigente radical Ricardo Balbín. Mendaz e indigna de crédito es, en su plenitud, la narrativa de los genocidas. Buscan arraigo en el sistema político previo, aluden a sus deberes militares. Soslayan que gobernaron a sangre y fuego, que impusieron sus propios criterios en el plan sistemático de exterminio. Hablan de más sobre las autoridades civiles y callan sobre sus demiurgos y aliados: el establishment que les dio letra y programa. Su finalidad iba mucho más allá de “la subversión”, era despanzurrar los vestigios del más grande Estado benefactor de América del Sur y barrer con una sociedad civil habituada a la lucha política, las reivindicaciones y la militancia.

Videla reiteró su monserga, se victimizó. Fue sentenciado en base a las leyes ordinarias, tras un proceso pleno de garantías. No hay en Argentina un Nuremberg: un tribunal de vencedores, con leyes propias impuestas tras la victoria bélica. Impera el derecho penal común, con los añadidos epocales del derecho internacional. Eso determina circunstancias enojosas, que enmarañan la “ingeniería judicial”: los procesos surgen al vaivén de los requerimientos de fiscales y querellantes. Es un costo de la legalidad.

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Luciano Benjamín Menéndez, aún más baqueano en el arte de acumular condenas, representó el papel de Luciano Benjamín Menéndez. A los perros de la guerra les encanta citar a Antonio Gramsci y enriquecer su ignorancia con nuevas lecturas. Otrora fue el fugaz ministro de Educación machista, Abel Posse. Ahora visitó la prosa de Tzvetan Todorov. El intelectual búlgaro, reprisando en tono perverso la de viejos comensales de Victoria Ocampo, pasó una semanita en nuestro país y sacó conclusiones berretas, inconsistentes. Pan comido para el Chacal del Tercer Cuerpo, que se valió de la cita de autoridad como argumento de la defensa. Si Todorov llegara a enterarse del uso social de sus intervenciones periodísticas, acaso tendría oportunidad de recapacitar sobre la mirada del turista, epidérmica y frívola.

Videla y Menéndez lucieron arrogantes y convencidos. Sostuvieron el silencio sobre sus cómplices, instigadores y encubridores civiles (hablamos en términos políticos) y consiguieron reforzar el pacto de silencio. Toda organización genocida urde su burocracia, deja huellas escritas, la lógica organizativa se lo impone. Entre nosotros, pocos datos de esos se han ido conociendo por la omertá de los terroristas de Estado. También gracias a las omisiones de la jerarquía de la Iglesia Católica, que tiene sobrado saber sobre el tema y la guarda cual si fuera secreto de confesión.

Otros criminales abyectos, dueño de vida y honra de tantos argentinos, bajaron la mirada, se escondieron de las cámaras. Resaltó El Turco Julián, que supo desfilar por tantos programas de tv basura alardeando de sus hazañas cuando creían que habían logrado la eterna impunidad.

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El pacto de silencio pareció tener un quiebre en Córdoba, a través de un eslabón débil y viscoso. El ex cabo Miguel Angel Pérez, asesino del militante popular Raúl “Paco” Bauducco, adujo que se le había escapado el tiro, por impericia. Pidió perdón a los familiares de la víctima y culpó a las autoridades castrenses de “arruinar su vida y su familia”. Contó que no estaba preparado, como militar, para una labor carcelaria.... “Yo sólo estaba capacitado para realizar fajina.” Víctimas que conocen a Pérez y lo padecieron niegan su autorretrato piadoso: lo describen como un represor violento y sádico.

Aun así, el mensaje de Pérez apuntaba a deslindar responsabilidades con sus jefes, pero no avanzó en su denuncia. Videla lo desmereció en su alegato final, le atribuyó carecer de las dotes necesarias para ser un soldado.

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Varias absoluciones dictó el Tribunal cordobés, algunas enardecieron a querellantes y víctimas. El cronista, por falta de conocimiento propio, desiste de entrar en el punto, que deberá ser dirimido por tribunales superiores. Pero destaca, sin que esto sirva de justificativo para una sentencia eventualmente injusta, que la existencia de absoluciones prueba la seriedad de los procesos. Contra lo que ellos afirman, los acusados no están condenados de antemano. La plena vigencia de la ley, con su amplio contenido garantista, los favorece. En tendencia, eso refuerza la calidad institucional de los procesos. En detalle, cada caso debe ser motivo de una sentencia fundada.

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La Unidad Fiscal de coordinación y seguimiento de las causas por violaciones de derechos humanos de la Procuración General (UFC) dio a conocer un informe con datos actuales sobre el despliegue de los juicios por delitos de lesa humanidad. El número de condenados en 2010 cuadruplicó largamente a los de 2009. También se potenció la cifra de procesados: son 800 en total, 166 más que el año anterior.

Se han dictado sentencias en casi todas las provincias argentinas. Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, la Ciudad Autónoma, Formosa, San Luis, La Pampa, Misiones, Salta, Tucumán, Neuquén, Santiago del Estero y Mendoza.

Si se cumplen, medianamente, los términos procesales, el año próximo se agregarán a la lista Jujuy, Entre Ríos y Chubut. La dilación obedece a resistencias internas, en especial de jueces y eventualmente de fiscales. En Entre Ríos, los bretes fueron fenomenales, se han ido removiendo. Será en la causa conocida como Area Concordia. Según informa el recomendable on line entrerriano Junio, que dirige el periodista Claudio Gastaldi, la fiscal María Isabel Cacciopoli consiguió pruebas inusuales: documentación de época de la policía provincial que se había dado por perdida y que estaba oculta, pero disponible. En Chubut se juzgará un hecho fundacional, preludio de la última dictadura: la Masacre de Trelew, consumada el 22 de agosto de 1972.

No es sencillo computar el número exacto de condenados, porque los hay en toda la geografía nacional, a través de varias vertientes: la resurrección del Juicio a las Juntas y expedientes referidos a apropiación de bebés, los procesos más recientes. La UFC estima su cifra aproximada en dos centenares. La mayoría se sentenció después de 2004, tras la nulidad de las leyes de la impunidad. La Cámara de Casación es un embudo ulterior a las sentencias. Sus Señorías, dando rienda suelta a su idiosincrasia derechosa y a su ideología, asientan sus posaderas sobre los expedientes dilatándolos hasta el paroxismo. En los tribunales, el que quiere ralentar las decisiones siempre goza de un bonus, cuyo vigor se acrecienta cuando el tribunal tiene empatía con los acusados. La Corte Suprema conoce ese retén siniestro, lo deplora en la intimidad, lo cuestiona con frases melifluas no siempre accesibles a los profanos. Y no se juega a fondo. Su compromiso con los derechos humanos es muy alto, su ethos corporativo, también.

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Videla se victimiza como “preso político”. Miente de nuevo, a sabiendas. Su actuación política fue sopesada por el electorado, durante décadas. Sus crímenes son atroces pero se juzgan por ley común. La doctrina, la jurisprudencia y la conciencia internacional vienen determinando que los delitos de lesa humanidad sean imprescriptibles, consecuencia de cajón de su afrentosa peculiaridad. En el resto, es el Código Penal y los tribunales ordinarios. Como ya se apuntó, eso carga la mochila de demoras, traqueteos y se magnifica por la existencia de tribunales afines a los represores.

Una apuesta de los genocidas es trabar los trámites, esperanzados en un cambio de gobierno en 2011. La presencia activa de Cecilia Pando en el lanzamiento de la candidatura presidencial de Eduardo Duhalde patentiza ese afán. Las argucias y chicanas de Marcela y Felipe Herrera Noble, hurtándole la responsabilidad a una toma de pruebas legal e incruenta, se orienta al mismo norte.

Con cada sentencia se afirma la búsqueda de verdad y justicia. A despecho de retrocesos y concesiones indignas de gobiernos democráticos, la Argentina ocupa un lugar privilegiado en el mundo en esta materia. Como siempre, es motivo para rendir homenaje a la inclaudicable, pacífica y democrática lucha de los organismos de derechos humanos.

Para este diario, que desde sus primeros días tuvo a los derechos humanos como el principal núcleo de su línea editorial, es motivo para festejar. La lectura de los recordatorios gratuitos que se repiten desde sus primeras ediciones demuestra cómo evolucionó la palabra de los familiares y las víctimas sobrevivientes y cuánto se ha avanzado en sentencias, reconocimiento de cuerpos, recuperación de chicos apropiados. Un buen motivo, pues, para levantar la copa y brindar con el lector, sin dejar de reconocer cuánto falta hacer en este y otros terrenos en esta sociedad dolida, luchadora y esperanzada.

mwainfeld@pagina12.com.ar

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El país|Domingo, 26 de diciembre de 2010
QUE REPITIO Y QUE DIJO DE NUEVO EL DICTADOR VIDELA ANTES DE SU SEGUNDA PERPETUA
El dinosaurio está vivo y habló
El miércoles Jorge Rafael Videla fue sentenciado a perpetua por segunda vez en 25 años. Antes desarrolló un alegato con siete mensajes políticos dirigidos al Gobierno y a la sociedad argentina.
Por Martín Granovsky
Al final tenía razón Susana Giménez. Ella preguntó una vez si un dinosaurio estaba vivo y se le rieron. Y resulta que esta semana apareció un dinosaurio vivo. Se llama Jorge Rafael Videla, tiene 85 años, era general hasta que fue degradado y acaba de recibir su segunda condena a reclusión perpetua en 25 años. En su alegato de defensa repitió antiguas falacias de la Guerra Fría con un condimento actual. “Ni sé si esta guerra, sin medios violentos, ha terminado”, se preguntó.

A principios de octubre de 1975, el entonces presidente interino Italo Luder, a cargo del Estado porque Isabel Perón había pedido licencia, convocó a los comandantes generales. Videla ya era jefe del Ejército. Este es el recuerdo que acaba de elegir para narrar ese momento: “Debí exponer y dije que habiéndose agotado la instancia de represión a cargo de las fuerzas de seguridad y la inoperancia de la Justicia, que por temor no había dictado ni una condena, parecía llegado el momento de apelar al uso de las Fuerzas Armadas para combatir el terrorismo subversivo”. Y agregó: “Eso implicaba reconocer un estado de guerra interna”. Para continuar, en un párrafo que conviene leer más de una vez: “Las Fuerzas Armadas no estaban preparadas para reprimir. No disponían de balas de goma, balines, carros hidrantes. Pero fundamentalmente no tenían entrenamiento para reprimir sino para hacer la guerra, en donde se muere o se mata”. Es decir que como no estaban preparadas para reprimir, mataron. Según Videla, Luder dio su acuerdo y el país se dividió en zonas bajo la responsabilidad de las Fuerzas Armadas.

Es bueno aclarar que cuando Videla habla de “guerra” no resulta muy preciso. Pero en general parece referirse a la guerra como una acción entablada por un enemigo que instaló “un conflicto bélico interno de profunda raíz ideológica y fomentado de manera internacional”. Esa guerra, según él de carácter “irregular”, esa guerra de cuyo fin tiene dudas ahora el dinosaurio, abarcó “operaciones militares” que “hicieron crisis en 1975 y 1976 y comenzaron a declinar a fines de 1977”.

Videla habló antes de que el miércoles último fuera condenado por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N0 1 de Córdoba por asesinatos y tormentos cometidos entre abril y septiembre de 1976. Ya había sido condenado a perpetua en el Juicio a las Juntas de 1985. Aquella sentencia de hace 25 años está firme porque en agosto la Corte Suprema declaró inconstitucional el indulto con que el ex presidente Carlos Menem benefició al dictador en 1990. Así, Videla tiene hoy dos perpetuas.

Siete novedades

El alegato fue impactante. Quienes recuerden, por edad, el tono de voz de Videla desde su anticipo del golpe de Estado en la Navidad de 1975, entonces un teniente general de 50 años, hasta sus discursos como presidente de facto entre 1976 y 1981, habrán notado que el timbre vocal suena idéntico pese al tiempo transcurrido y las canas. El resto puede constatar, en el YouTube o en www.eldiariodeljuicio.com.ar, el excelente site de H.I.J.O.S. filial Córdoba, que el tono de lectura fue firme y pausado. El ex general que en el juicio de 1985 fingía indiferencia ante la justicia humana leyendo textos sobre la guerra santa, esta vez lucía erguido.

¿Cuáles son las novedades que incorporó el dinosaurio en su alegato de Córdoba?

En primer lugar, los destinatarios: la sociedad argentina y “su juventud manipulada por la desinformación”.

También su idea primitiva de que existiría una continuidad demoníaca inmune al paso de la historia: “En aquellos años se decía que cuando llegue el tiempo de la política y sobrevenga en ellos (en los generales) el temor porque no saben practicarla, será el momento de derrotarlos porque no saben manejarse en ella. No hay duda de que cumplieron su palabra porque hoy gobiernan. No necesitan de la violencia porque ya están en el poder e intentan implementar un régimen marxista de base gramsciana anulando las instituciones”.

En tercer lugar, su autodefinición como “preso político”. ¿Quiénes lo mantienen preso? “Quienes después de ser militarmente derrotados se encuentran hoy ocupando los más diversos cargos del Estado.”

Cuarto, la noción de que existe sobre la década del ’70 “una versión sesgada de la realidad”.

Quinto, la justificación del robo de bebés cuando habla de la forma de operar del ERP y Montoneros: “Estos jóvenes cumplían de día sus funciones como estudiantes, hijos, obreros, y de noche, con una pastilla de cianuro y un arma escondida a veces en coches cuna, acompañados por sus parejas generalmente embarazadas para ser usadas como escudo, asaltaban, ponían bombas, etcétera”.

Sexta idea, la incorporación abierta de Sudáfrica como un país clave en medio de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética desatada después de la victoria de los aliados contra el nazismo en 1945. Dijo Videla: “Existían dos agrupamientos antagónicos desde el punto de vista ideológico. La imposibilidad de la destrucción masiva y simultánea dio lugar a la Guerra Fría y su equilibrio inestable, que nadie se atrevió a romper. La URSS ideó un subterfugio para romper ese equilibrio, alentando en Sudáfrica y en Sudamérica la toma del poder en aquellos países mediante formas violentas. La Argentina no fue ajena a esa situación”. La Marina, mientras estaba conducida por Emilio Eduardo Massera, el Mengele de los experimentos políticos, tomó a la Sudáfrica del apartheid como un aliado natural y concibió el territorio sudafricano como un aguantadero para el relax y los negocios de las patotas de la Escuela de Mecánica de la Armada, incluyendo por cierto al propio Alfredo Astiz. Es posible que el alegato de Videla marque la primera vez en que un jefe no perteneciente al ala masserista recuerde a la Sudáfrica de aquel momento dentro de una concepción estratégico-militar internacional de la que la Argentina formaba parte.

Y séptimo, la idea de que el terrorismo “es un crimen contra la humanidad”.

El comunista italiano Antonio Gramsci murió en las prisiones de Benito Mussolini en 1937. Mientras el Vaticano inventó la versión de que Gramsci pidió la extremaunción antes morir para atenuar su laicismo radical –-aplicable contra cualquier dogma, religioso o político–, distintas caricaturas del marxista italiano intentaron que perdiera su riqueza. Gramsci, por ejemplo, tenía claro que un Estado moderno debía limitar el poder del Vaticano pero a la vez advertía contra un anticlericalismo bobo y recogía los valores colectivos que muchos trabajadores mantenían como herencia, aún, del cristianismo primitivo.

En la Argentina, la caricatura que fue dibujando la extrema derecha integrista pintó un Gramsci astuto animando desde el más allá la conquista de las mentes y la toma del poder desde dentro de las instituciones. Como se ve, ese identikit simplote se conecta en estos tiempos con un republicanismo conservador que ya decretó, en la Argentina, la muerte institucional a manos de un populismo que demuele todos los días un artículo distinto de la Constitución.

El escrito que leyó Videla toma en cuenta esta dimensión y le suma un hilo argumental. Si los marxistas gramscianos que hoy gobiernan ya tomaron las instituciones y las liquidaron, esas instituciones no son legítimas. Naturalmente, Videla no tiene en cuenta el papel de una Argentina que vota y debate, pero no hay por qué pedírselo al primer presidente de un gobierno tiránico que hasta se autoasignó un papel fundacional en la transformación definitiva de la Argentina.

Al costado de ese hilo que procura quitar legitimidad y legalidad a la democracia, la mención del terrorismo como autor de crímenes contra la humanidad no suena ingenua. Tal vez apunte a sembrar sospechas que tiendan a igualar al Estado terrorista con la guerrilla, pero un juez debería probar que la guerrilla cometió actos masivos y sistemáticos de violaciones de derechos humanos contra la población civil. Más allá de la valoración histórica, política y moral que cada uno tenga de la guerrilla argentina, sus actos no se asemejan a los del Khmer Rouge camboyano o a los peruanos de Sendero Luminoso con sus matanzas de campesinos. Por otra parte, cuando las Fuerzas Armadas asumieron el poder, el 24 de marzo de 1976, Montoneros no tenía poder de fuego más allá de la posibilidad de cometer atentados y el Ejército Revolucionario del Pueblo ya había sufrido una masacre decisiva cuando fracasó en el intento de tomar el regimiento Viejobueno de Monte Chingolo, a fines de 1975.

La Guerra Fría

Quizá con la colaboración de algún periodista o abogado, o con la ayuda de alguien que reúne ambas asimetrías a la vez, Videla trató de presentar un esquema simple de aquellos años. Fue didáctico hasta el esquematismo cuando colocó a la Argentina viviendo su guerra dentro de la Guerra Fría. Como toda lectura tosca de la Guerra Fría –y conste que también hay lecturas toscas desde la izquierda, con la gran diferencia de que éstas no desembocaron en el terrorismo de Estado– el enfrentamiento entre Washington y Moscú aparece totalizador y omnipresente. Berlín oriental y Viena habrían tenido el mismo nivel de importancia que Tucumán o Villa Ortúzar.

La escala mundial le permite a Videla utilizar la misma sencillez aparente para describir fenómenos que sí merecen puntualizaciones más exactas. Dice en un momento: “A mediados de la década del ’70 los elementos terroristas habían proliferado. A ellos se sumaban las guardias sindicales y la Triple A, que operaba bajo la conducción de José López Rega”, ministro de Bienestar Social de Juan Perón y, a la muerte del líder, el 1 de julio de 1974, influyente secretario privado de Isabel Martínez.

Sin embargo, la guerrilla estaba en declinación y no en auge en 1975. Incluso su único ejercicio rural de entonces, encarnado por el ERP en Tucumán, terminó en un experimento de represión por izquierda que abarcó como blancos a los propios guerrilleros y a cientos de dirigentes sindicales sin relación con ellos.

Es cierto que los grandes sindicatos, como la Unión Obrera Metalúrgica, dispusieron de grupos organizados, pero su poder letal ya iba disminuyendo en el segundo semestre de 1975, justamente porque las diversas vertientes de la izquierda estaban diezmadas o en franca derrota.

En cuanto a la Triple A, sus comandos articulaban con el grupo de comisarios que dependían del jefe de Policía de Isabel Perón, el general Albano Harguindeguy, luego ministro del Interior de Videla. También la Triple A reduciría su intensidad a fines de 1975, en parte porque José López Rega había sido obligado a alejarse del país tras la tarea cumplida y en parte porque ya estaba claro que a la etapa de represión dispersa le seguiría una etapa de represión sistemática del mismo modo que, en economía, el intento ultraliberal de Celestino Rodrigo en 1975 sería continuado por un proceso de concentración y financierización persistente en 1976.

Videla, uno de los jefes políticos de aquella tiranía con vocación sistemática, terminó su alegato expresando su deseo de que la Argentina sea un país “reconciliado y pujante”.

El tribunal estableció que debe cumplir su condena en una cárcel común. Un lugar apropiado para profundizar sus conocimientos sobre la Guerra Fría y la guerra santa mientras, como el resto de los jefes, espera cumplir su objetivo: morir en medio del pacto de silencio, llevándose sus secretos a la tumba.

martin.granovsky@gmail.com

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El país|Domingo, 26 de diciembre de 2010
OPINION
Miseria de la lengua
Por Diego Tatián *
Comienza Videla. Aunque dice que pensó en llamarse a silencio como hasta ahora, declara haberse decidido a romperlo por la juventud y las nuevas generaciones. No habla ante un tribunal sino para la historia. Se trabuca, se equivoca, se le desacomodan las hojas. Pero no parece nervioso. Se cambia las gafas. Exhibe un esquema en cuyo centro está la expresión “guerra interna”. Afirma que no se trató de una guerra sucia, sino de una guerra justa, y cita a Santo Tomás. Desarrolla, pretenciosamente, una filosofía de la historia reciente. Habla como si hubiera condescendido a dictar una lección para legos.

Dice también: los guerrilleros eran un enemigo mimético, sin uniforme ni banderas, que usaban mujeres embarazadas como escudo para poner bombas y asesinar. Y dice otras cosas, hasta que llega a donde finalmente quería: esa guerra no terminó. Se trata de una “guerra imprecisa” que aún continúa por medios no violentos, y concluye: los enemigos derrotados en el campo militar hoy gobiernan el país, están en el poder, y quieren instaurar un régimen marxista a la manera de Gramsci. Se define como preso político e insta a la sociedad argentina a recuperar el protagonismo perdido (por protagonismo entiende: haber delegado en las Fuerzas Armadas la defensa de “nuestro estilo tradicional de vida”).

Dijo no haber venido a defenderse. Lo que se propuso en efecto fue justificar, con la repetición de una tosca versión de los hechos, la masacre de miles de personas, entre otros crímenes. Pero no lo hizo sin amenazas –que fueron aún más explícitas en el caso de la arenga a los gritos de Gustavo Alsina (quizás el más elemental y feroz de los asesinos condenados), incapaz de distinguir una sala de tribunales (y el mundo en general) de un cuartel militar; incapaz de advertir la diferencia entre “coraje cívico” y bravuconada energúmena despojada del menor pensamiento, que embiste sin importar lo que hay delante ni de qué se trata.

Videla fue el primero en hacer uso de la palabra; Menéndez, el último, a su romo discurso, ya usado en otros juicios, antepuso esta vez largas citas del artículo de Todorov que días atrás publicara La Nación; también citas de Caparrós, Martini y Massetti. En el medio, la más miserable secuencia de idiotismo y cobardía cínica.

Hubo quien (el Gato Gómez ni más ni menos) se presentó como un humilde trabajador proveniente de una familia pobre y ahora honesto cocinero para viejitos en un hogar de día; hubo otro que dijo de sí ser descendiente de pueblos originarios y alfabetizador de sus propios padres iletrados; hubo quien se mostró perplejo por lo que estaba ocurriendo y al borde del llanto dijo no entender del todo por qué motivos se lo sometía a proceso; hubo quien dijo que otra persona se hizo pasar por él para cometer el crimen por el que se lo estaba juzgando ahora.

En casi la totalidad de esos sórdidos relatos, que oscilaron entre la amenaza y la autoconmiseración, estuvo presente la Navidad. Uno de los imputados imploró a los jueces que pensaran en la tristeza de su familia durante la Nochebuena; otro espetó que “dentro de poco el cordero de Dios iba a ser sacrificado”, y muchos concluyeron la alocución que les garantiza la ley deseando Feliz Navidad a todos –en algún caso mirando provocativamente a los pocos familiares de las víctimas que decidieron estar en la sala durante la víspera de la sentencia (entre ellos Olga Tello, siempre con la foto de Diana Findelman, capaz de afrontar con calma conmovedora esa exhibición del mal en toda su banalidad pero también en todo su cinismo y brutalidad, “para no dejar solo a Pérez Esquivel”).

Imposible no recordar aquí la página en la que Borges relata su experiencia durante el Juicio a las Juntas en 1985. El día en el que asistió declaraba Víctor Basterra. “De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar –confesaba el viejo escritor–, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre.” Los secuestrados habían sido conducidos a una sala con una larga mesa tendida, donde había “manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino”. Entre tortura y tortura, continúa Borges, en la cena de Nochebuena “apareció el señor de ese infierno y les deseó Feliz Navidad”.

En mi opinión, ni aquella macabra cena de Nochebuena, ni los siniestros deseos de felicidad (“sin distinción de credos”) que se debieron escuchar en la sala de Tribunales el 21 de diciembre último, tienen que ver con una “inocencia del mal” –según la expresión que Borges acuñó en el texto mencionado, contigua en su espíritu a la “banalidad del mal” con la que años antes Hannah Arendt había subtitulado un libro sobre Eichmann. En mi opinión hay allí simplemente burla y experimentación con el dolor de los otros.

Considerar esas “palabras últimas” de Videla, Menéndez y los sicarios de la peor patota asesina que asoló Córdoba por años como si fuera un relato único donde las posibilidades más sórdidas que aloja la lengua que hablamos pueden ser despertadas, deja en quien ha oído una irremediable turbación: todo puede ser dicho. Hay algo triste en que así sea.

* Filósofo, docente de la Universidad Nacional de Córdoba.


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Domingo, 26 de diciembre de 2010

El fiscal federal Gonzalo Stara incorporó nuevas pruebas contra Eugenio Zitelli
Más víctimas del sacerdote represor
Tres testigos de la causa Díaz Bessone sumaron evidencias del paso del entonces capellán policial por el Servicio de Informaciones. La fiscalía incluyó los dichos de Tomasa Verdún, Graciela y José Villarreal en el pedido de indagatoria.
Por José Maggi

Pese a las denuncias en su contra, Eugenio Zitelli es obispo de Casilda, y participó de actos oficiales.El fiscal federal Gonzalo Stara reforzó con tres testimonios el pedido de indagatoria Eugenio Zitelli, que fuera capellán de la policía rosarina durante la última dictadura. Se trata de las testimoniales vertidas en la causa Díaz Bessone frente al Tribunal Oral Federal Nº 2 el 18 de octubre por Tomasa Verdún, Graciela Esperanza Villarreal y José Raúl Villarreal. Los tres refirieron la presencia de un sacerdote en el Servicio de Informaciones, y uno de ellos reconoció la voz de Zitelli. Stara solicitó al juez federal de la cuarta nominación, Marcelo Bailaque que incorpore los tres testimonios "como elementos de convicción que refieren a la posible responsabilidad penal de Zitelli en los hechos que se denunciaron oportunamente y que se investigan en esta causa".

A Zitelli se le imputa haber privado de la libertad corporal en forma ilegal, abusando de sus funciones, mediante el uso de violencia y amenazas, y por haberse prolongado el cautiverio durante más de un mes además de haber impuesto tormentos psíquicos a Graciela Beatriz Borda Osella, María de las Mercedes Sanfilippo, Olga Delfina Cabrera Hansen, María Inés Luchetti de Bettanin, Elba Juana Ferraro de Bettanin, Darío Castagnani y María Herminia Acevedo de Fernández, mientras permanecieron privados ilegítimamente de su libertad en dependencias de la Jefatura de Policía de la provincia de Santa Fe. Concretamente, por haberlos sometido en forma sistemática y generalizada, a condiciones inhumanas y degradantes de detención, caracterizadas por prohibición de habla, golpes continuos, amenazas constantes, desnudez forzada, deficiente alimentación, condiciones deplorables de higiene y salud, además de haberlas sometido a sesiones especiales de interrogatorios bajo la aplicación de corriente eléctrica en distintas partes del cuerpo, golpes y otros suplicios".

En tercer lugar, el fiscal Stara lo imputa de "haber tomado parte de una asociación integrada entre otros por Leopoldo Fortunato Galtieri, Julián Gazari Barroso, Carlos Alberto Ramírez, Agustín Feced, Raúl Haroldo Guzmán Alfaro, Hugo Diógenes Sandoz, Ramón Genero Díaz Bessone, José Rubén Lofiego, Mario Alfredo Marcote, Ramón Rito Vergara, Carlos Scortecchini, Carlos Ulpiano Altamirano, Lucio César Nast, la que estaba organizada, decidida y dispuesta a poner en práctica una pluralidad de ataques a los individuos y a la sociedad, mediante la comisión de delitos indeterminados, pero esencialmente dirigidos contra la vida, la libertad y la integridad psíquica de las personas".

Cuando Tomasa Verdún relató su paso por el Servicio de Informaciones y, en particular, sobre las sesiones de torturas dijo: "Había más personas, yo los escuchaba cuando torturaban a los otros. Conmigo estaban tres que iban y venían o alguno a veces se iba a ver que información me sacaban. Había más gente colaborando que estaba torturando".

La Fiscalía le preguntó si desde eso que oficiaba de sala de torturas fue conducida a algún otro lugar del Servicio de Informaciones en algún momento. La testigo respondió: "Mientras estaba ahí porque me torturaban y después estaba muy, muy lastimada, estuve muy enferma. Veía a los que estaban torturando todas las noches y todos los días traían chicos en cantidades y torturaban a todos. Cuando estaba tirada veía que decían prepárense porque esta noche van a volar en un avión. Lo primero que pensé que era en serio volar en avión, pero después escuchaba que se reían y gozaban, escuché que iban a la orilla del río, no sé a los que llevaban, desaparecían"...

El desgarrador relato continúo. "Así es que, por eso vuelvo a repetir que fue la noche del terror, las noches que viví ahí, de día, de noche, veía a los compañeros, cómo torturaban a la gente que estaban ahí, es más un, un día que estaba tirada así veo uno con sotana, creo que un sacerdote, un cura, no sé qué era cuando lo vi dije 'ay, qué alivio por lo menos alguien se va a ocupar de nosotros que estamos aquí tirados'. El se iba y hablaba con los que estaban torturando".

La testigo contó: "Vi la parte de los pies, de la sotana cuando estaba hablando con los que estaban torturando. No pude escuchar qué decían porque era el horror, los gritos creo que de acá no sé hasta dónde se escuchaban, fue muy terrorífico. Ya le digo que cuando vi este sacerdote pensé que venía alguien que nos podía decir por favor no, no sé, dije 'encontré uno bueno', alguien que me va a salvar porque no tenía nadie para preguntarle de nada ni por qué esto, ni por qué aquello, o por mis hijos, que era lo que más me interesaba porque ellos me decían que estaban mis hijos ahí, que si yo no cantaba la verdad los iban a matar a mis hijos".

Luego de este relato, la Fiscalía le preguntó si, estando en Alcaidía, por conocimiento directo o a través de otras personas, supo que en algún momento hubiera ido un religioso, mientras ella estaba detenida. La testigo respondió que sí, que "ahí se había acercado un sacerdote, era alguien que fue a hablar con una de las chicas creo, ahí me enteré que estaba él, que era el padre Zitelli que es quien iba a hablar con una de las compañeras".

La Fiscalía le preguntó si lo pudo ver y ella respondió que sí y si la persona esa que ella describió que pudo ver por debajo de la venda estando en el Servicio de Informaciones era la misma persona que luego vio en la Alcaldía. La testigo respondió: "Creo que sí porque no había otro, creo que era el único que tenía (sotana). No había otra, supongo que sí. Además cuando fue a hablar con las chicas ahí, también con María Inés (Lucchetti de Betanín) lo señalaban como el sacerdote, el padre". La Fiscalía le preguntó si recordaba cómo estaba vestido ese sacerdote en la Alcaldía; la testigo respondió: "Con sotana andaba".

Por su parte, Graciela Villarreal manifestó en la audiencia que, estando en Devoto, le dijeron que iban a salir para Pascua, no para Navidad. "Así pasaron los años, hasta el cura -recuerdo-, el cura que nos fue a visitar de Rosario, nos planteaba que firmemos el arrepentimiento". La testigo no recordaba el nombre de este sacerdote.

Por su parte, José Raúl Villarreal apuntó: "en esa especie de sótano, no sé cuánto tiempo ahí ya realmente uno pierde toda la noción del tiempo, no sé si por el estado mismo, porque había muy poca luz y porque está oscuro, está permanentemente oscuro. Empiezan a alimentarnos de una forma despreciable, el olor de la comida era de un podrido terrible. Recuerdo el aliento de otros presos. Y pensaba 'bueno, cerrá el estómago y comé porque no sabés qué podés comer mañana'. Uno lo tragaba. En esa situación estuvimos días. Después de un par de días que estábamos en ese sótano, siento la voz, una voz hablando en nombre de Cristo y, no sé, sugiriéndole a los detenidos que estábamos allí que confiáramos en Dios. Soy católico, no practicante, pero bueno me resultó fácil concluir de que era un eclesiástico que estaba allí entre nosotros y hasta donde puedo ver, con gran asombro, veo que la persona, este cura era el que le había dado el último adiós a mi padre, porque mi padre que falleció en el año 1969, pertenecía a las filas policiales. Como se usaba todavía en aquellos tiempos que se velaba al fallecido en su domicilio, y mi padre fue velado en mi domicilio donde detienen a mi hermana. El capellán este había estado hablando conmigo en aquellos tiempos, para sorpresa mía, estaba entre medio de todos los que habíamos sido golpeados, que estábamos todos en ese sótano. Estaba la palabra de este cura en medio de todos los detenidos allí. No puedo recordar el nombre pero era el capellán de la policía porque era el mismo que despidió los restos de mi padre en mi casa con guardia de honor y todo. Mi padre estaba en funciones en la policía cuando falleció. Si bien era administrativo, no era operativo".


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Domingo, 26 de diciembre de 2010

El hijo de Graciela Acosta, asesinada el 19 de diciembre de 2001, vive en la calle
César, la víctima invisible de aquel trágico diciembre
César José Vicente tiene 24 años, sobrevive de los malabares que realiza en la zona del Monumento, desdeña cualquier proyecto de vivienda, y no puede reponerse de la muerte de su madre en la represión estatal. Sólo tiene contacto con una tía y sus hermanos. El Día de la Madre intentó terminar con su vida. El estado no se hizo cargo de las consecuencias de su violencia.
Por Alicia Simeoni

César saca "algunas monedas" haciendo malabares para los automovilistas que transitan cerca del Monumento a la Bandera.Cuando el tercer hijo de Graciela Acosta, César José Vicente, se fue con otros adolescentes hasta el supermercado La Gallega de Villa Gobernador Gálvez para ver qué pasaba, nunca se le hubiese ocurrido que la represión desatada en el medio de la protesta social del 19 de diciembre de 2001, terminaría con el asesinato de su madre. Tampoco que lo llevaría a tomar las decisiones más fuertes de sus cortos 15 años: irse del grupo familiar, decidir vivir en situación de calle y no en cualquier sitio, sino en el parque a la Bandera, en diagonal al Monumento, un poco hacia atrás de la oficina del Ente Turístico Rosario. Nunca nadie lo encontró -a excepción de sus hermanos, sobre todo José y Marcelo que recurrentemente lo buscan o su tía Alejandra , es decir, nadie del estado criminal que gobernaba Carlos A. Reutemann y nadie de ahí en adelante.

Cuando César decidió -si es que pudo hacerlo , que nunca más quería una casa, o una habitación, no esperaba nada. No había en él ninguna expectativa, ni siquiera se formalizaba un pensamiento acerca de que el dar con su paradero, brindarle contención y asistencia para saber qué diablos hacer con la angustia, se fuera a convertir en una política de Estado. ¿De qué Estado? ¿De la misma estructura represiva, irresponsable, indiferente, soberbia, cobarde, impune, temerosa y mediocre que había matado a su madre y los había dejado abandonados? ¿Por qué habría de hacerlo si como sus 6 hermanos huérfanos también quedaron otros chicos, algunos más chiquitos? No, no se fue para que lo fueran a buscar, hasta dejó un niño suyo en la tierra de Pedro González, también sin madre porque a esa chica de su edad, con la que estaba, la mató un caballo.

¡Qué verano para el fin del 2010! A las cuatro de la tarde la sombra de los árboles del parque no alcanza para dar alivio. Casi no se puede respirar. Y entonces, ¿por qué está acostado y tapado? Ni él sabe, o a lo mejor sí y es para que, en un descuido, no le saquen esa manta y algunas cosas más, sus palos de malabarista por ejemplo. Unos días atrás mientras esa mezcla de sueño y sopor le traía calma, alguien le llevó la mochila, se la quemó y la dejó atrás del Galpón 13, sobre la costa del río. Así perdió las últimas artesanías que había hecho y que después dirá que no puede mostrar. César estuvo casi monosilábico por más de una hora y media. En esa mochila había trabajos en semilla, en cuero y en madera.

Los cinco jóvenes, entre veinte, y veinte y tantos años, están tirados sobre el pasto. Los perros también y ahí está la certeza de que José está entre ellos. Cuando César llegó al parque dijo que se llamaba José y así quedó. Lo llaman por el diminutivo y cuando alguien habla de él la referencia indispensable es hacia "el que anda con los perros". Uno de los chicos, en un largo bostezo levanta la cabeza y señala quién es José. Es el que se destapa, de cabello largo, ensortijado, renegrido. Es bajo, delgado y tiene una pequeña barba. Está descalzo, con un pantalón marrón clarito tipo "ropa de trabajo", arremangado hasta cerca de la rodilla, raído, y una camiseta de acetato con los colores de Central Córdoba. Después dirá que es su cuadro favorito. Se levanta y enseguida se calza un gorro tejido de varios colores, verde, anaranjado, alguna guarda negra.

"Me dijeron que hace tres días que me está buscando". Yo estaba por acá, siempre estoy por acá, hasta que algunas veces me voy de viaje?. Unos pocos metros más allá del lugar de la siesta quedaron los restos de una construcción en material que servirá de asiento. César Acosta aparece amable, habla pausado, casi todo el tiempo fija la vista en el río que le gusta tanto. Recuerda algunos de los casos del Diciembre Trágico como el de Yanina García y no tiene muy presente que Rosario/12 lo entrevistó a sus 16 -ahora tiene 24-, cuando estaba con uno de sus hermanos en la zona del FONAVI de Villa Gobernador Gálvez que habitaron con su madre y que un tío suyo había puesto a la venta. Ese día estaba con uno de sus hermanos, pero él prácticamente no abrió la boca. Algún sí o no, ciertos movimientos de cabeza, nada más. Ya se notaba, también lo decía Mónica Cabrera, la vecina y amiga de su madre y la principal testigo en el asesinato de Graciela, que César era quien se veía más vulnerable, que casi no hablaba, que le costaba expresarse.

Ahora, como entonces, no habló de su madre. En todo caso siempre fue su tía Alejandra Ferreyra la que dio algunas pistas. "Nadie sabe cómo hacerle entender que él no es culpable de la muerte de Graciela", dijo la mujer.

¿Por qué este lugar para vivir?

Porque es lo más lindo que hay, dice con el índice hacia el río. Anduve por otros lugares de la ciudad, Rosario es linda y la primera vez que me trajeron aquí vine a comer un guiso y me quedé. Ya no me fui más, hace seis años. Ahora no quiero una casa ni una pieza. Unos días atrás vinieron mis hermanos, ellos me dicen que vaya con ellos que tengo un lugar pero no, yo ya no quiero encerrarme, tener una habitación. ¿Si los veo? No, sólo cuando ellos vienen. A Carla la más chica la vi hace como un año o más, está con su padre; Katriel está con Alejandra; Joana que tiene 17 ya tiene tres hijos, pero ella está bien, el marido es albañil; después viene Marcelo que ya está en pareja y vive para el lado del cementerio de Villa Gobernador Gálvez, el que me sigue a mí, José, y el más grande Rubén, somos hermanos por parte de madre.

¿Y antes de estar en la calle qué pasó?

A la escuela fui hasta séptimo y no quise seguir. Trabajé como albañil. Tuve un hijo pero cuando murió la mamá, la mató un caballo, mis suegros no me dejaron verlo más, aunque yo iba a visitarlo al jardín. Ahora hace como un año que no voy.

¿Cómo es hacer malabarismo? ¿Participaste en el encuentro que organizó la Municipalidad hace poco?

Y se hacen unas monedas, un poco más los fines de semana. De lunes a viernes pesco, ayer saqué un armado y un dorado. Después los hice fritos allá, atrás del galpón.

José, como se lo conoce, se levanta del tapial y trae los elementos que utiliza para malabarear, es un caño liviano forrado y dos pallillos de batería. Enseguida hace una muestra de la destreza que despliega, por lo común en Buenos Aires y la avenida Belgrano. Se le nota un cierto regocijo cuando se alaba, justamente, esa destreza.

La conversación vuelve hacia sus hermanos, se pone un poco más serio. A modo de confesión dice: "Hace unos meses me colgué de un árbol -él habla de bastante tiempo atrás, su tía dice que fue para el Día de la Madre , me sentía cansado de estar así. Me atendieron en el Heca, pero ahora no, no lo hago nunca más. Me gustaría aprender a pintar, poder dar los colores del río, de los árboles".

Entre cada una de las ideas que César desgrana median profundos silencios. Tiene ojos oscuros y una mirada que guarda mucho. Le gusta algo del folklore y también del rock. Cuando hay festivales se acerca al Galpón 11 a cuidar autos y así poder escuchar. Nunca alcanza a ver.

"Estuve en pareja con una chica, ella era punk y un poco bardera. No fue más. Casi siempre estoy solo. Me gusta compartir un guiso con los amigos pero después ya está, prefiero quedarme solo. Viaje un poco, me gusta Eldorado porque hay muy buenas semillas para las artesanías. Los perros lo siguen, busca en los contenedores algunos restos para darles de comer y ahora espera que una perra jovencita, preñada, tenga su cría. Entonces, piensa en irse hacia el sur, ya que tiene un amigo en Bahía Blanca que lo espera. También mira la calesita cercana al ETUR: "Estuve pensando en decirle al encargado que yo puedo cuidársela, abrirla para que los chicos la disfruten. Espero que en el nuevo año algo cambie, que haya algo de trabajo, pero siempre en la calle".


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