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19 y 20 de diciembre de 2001.-



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domingo, 20 de febrero de 2011

RODOLFO WALSH: SUS ULTIMOS DIAS...

¡¡¡ POR la REELECCION de CRISTINA FERNANDEZ KIRCHNER 2011 ¡¡


 
Domingo, 20 de febrero de 2011.
RELATO SOBRE LA CASA DE RODOLFO WALSH EN TIGRE.

Una isla con historia.

Julia Constenla alquilaba al lado del escritor. La periodista recuerda los días que compartieron allí y da precisiones del allanamiento realizado en ese lugar por efectivos de la Armada y la Prefectura.

Por Alejandra Dandan
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Julia Josefina Constenla entró algo sobradora a la sala de audiencias de los Tribunales de Retiro. Convencida de que aquello de las preguntas de abogados y de jueces no iba a significarle demasiado, que no debía inquietarse por las preguntas que pudieran hacerle sobre el allanamiento a la casa del Tigre de Rodolfo Walsh, que nada era demasiado para ella, dice ahora, acostumbrada a las preguntas, periodista de años, secretaria de redacción de la Crisis de Eduardo Galeano, tan acostumbrada a interrogar y responder. “Sin embargo en un momento casi me quiebro”, dice. A tal punto, que el presidente del Tribunal le ofreció en cierto momento darse un poco de tiempo, pero ella, claro, siguió igual.
Chiquita Constenla declaró en uno de los casos de la megacausa de la ESMA, aquel que investiga el asesinato de Rodolfo Walsh y el traslado de su cuerpo al infierno organizado por la Marina. El operativo contra su casa de San Vicente, el robo de los documentos y las piezas inéditas de algunos de sus cuentos van apareciendo de la mano de testigos que se presentan y van contando recortes de esa historia. Un plano a plano, o una historia por entregas, como explica su hija Patricia Walsh, que va empujando fuera de escena parte de esa reconstrucción, buscando testigos mudos, piezas que todavía quedan por anudar.
Con Chiquita se abrió la historia de “Liberación”, el muelle que daba nombre a la casa que el periodista, militante y escritor ocupó en el Tigre con su compañera Lilia Ferreyra. Ubicada a orillas del río Carapachay, la casa fue allanada pocos días antes de la muerte de su otra hija, María Victoria. En algunas audiencias habían aparecido imágenes de ese allanamiento, pero Chiquita aportó datos sobre la presencia de la Marina en esa isla. Un elemento que confirma a esta altura el largo seguimiento de los marinos, que fueron cerrando el círculo que terminó con su caída, indica la abogada Myriam Bregman.

Liberación

Chiquita es parte de esa generación que convertía el oficio, como todo, en territorio político. Amiga de muchas amigas, de Lili Massaferro, de Susana “Pirí” Lugones. Integrante de las tomas de las facultades en 1945 por la “autonomía universitaria”, se ganó ese apodo cuando alguien vio saltando a “esa chiquita” por encima de los techos. Es viuda del periodista Pablo Giussani, parte del diario La Opinión, crítico de los represores y convencido de estar condenado a muerte por los Montoneros porque no compartía los cánones de la lucha armada, mirada que después dejó plasmada en Montoneros, la soberbia armada. Después de 1970, ambos se instalaron en la casa de al lado a “Liberación”, dice ella: el “discreto” nombre de la casa de Walsh.
“Lo que yo aporté al Tribunal es que los que fueron a allanar la casa de Rodolfo eran hombres de la Marina y de la Prefectura”, insiste desde un sillón.
“Liberación” estaba entre vecinos conocidos. “Rodolfo estaba rodeado de amigos –dice Chiquita–: en la primera casa había un profesor de Bahía Blanca, vinculado a la Juventud Peronista, casado con una ex mujer de Pipo Mancera, y una de las hijas de Pipo, que iban todos los viernes al Delta y volvían los lunes a la mañana. Al lado, estaba la casa de Rodolfo. Un puentecito, y nuestra casa; después seguía la casa de un isleño que no iba nunca, y luego la casa de Rapoport: así era la orilla del Carapachay.”
Los cuatro desembarcaban en el Delta con la última lancha del viernes, todos los fines de semana. Chiquita y Pablo solían quedarse hasta el lunes. Walsh, en cambio, solía irse en la última lancha del domingo. Esa habitualidad, sin embargo, cambió el fin de semana del 18 y 19 de septiembre de 1976. Chiquita está segura de que algo más bien intuitivo les sugirió a cada uno que ese fin de semana no tenían que embarcarse. Ella no viajó, tampoco viajó Rodolfo, ni Lilia, y tampoco viajó Rapoport. Ese fin de semana allanaron la casa.
Hace unos días, antes de declarar, Chiquita buscó datos en Internet sobre ese fin de semana de septiembre. ¿Llovió?, se pregunta ahora en busca de una de las pocas razones por las que todos podían pegar el faltazo. Todos, menos el profesor con su mujer porque esa casa tenía un jardín un poco más grande, y parecía más preparada para las abatidas provocadas por las lluvias. “En fin, no sé por qué razón, pero ese fin de semana no vamos”, dice. “Pero fueron el profesor y su mujer, la llamaban la Muleta de Fuego, una mujer muy encantadora, y el profesor, bella persona.”
El miércoles siguiente –22 de septiembre–, Rapoport llamó a Giussani al diario para pedirle una reunión. “Cuando se encuentran, le avisa que el profesor ha estado secuestrado, que lo liberaron, y que al salir el único número de teléfono que tenía era el suyo y quería avisarnos que había sido allanada al casa de Rodolfo, que a ellos los habían tenido encapuchados en el sótano de la casa, después los trasladaron a la Prefectura; que los que habían llegado a la casa de Rodolfo eran de la Marina y que cuando los liberaron de la Prefectura porque entendieron que no había nada que atribuirles, se puso en contacto con Rapoport.”
Mientras permaneció en el sótano, el profesor escuchó además otros datos que Chiquita contó en la audiencia. Uno de los marinos del operativo, dijo, que había salido a recorrer la isla, de pronto volvió para decirle a su superior que había detectado la casa del “amigo de Rodolfo”: “Ellos iban a buscar a Rodolfo y a una persona amiga o personas amigas –dice Chiquita–, personas que estaban en esa misma isla y a los que ellos también querían detener”.
En aquella cita, el marino decía que se había metido en la casa, y la había deshecho para encontrar algo, y esa era la casa de Chiquita. Con el dato, ella mandó a su hermano a la isla a averiguar qué había pasado. Su hermano tomó la lancha colectiva, y en un momento el lanchero que lo conocía le dijo: “¡No baje en La Bañadera!”.

La casa de la bañadera

No fue Walsh quien puso el nombre a su muelle, sino una inquilina anterior. Lo que equivocadamente se dice es que él mantuvo el nombre. Dice Lilia que esas son parte de las fantasías de la historia de Walsh: que ella misma explicó al declarar que supo el nombre del muelle muchos años después, cuando volvió de México, porque el nombre estaba escrito en un cartel tapado por un cerco de ligustrinas. “Para noso-tros siempre fue ‘Muelle 459’ en Carapachay, incluso lo singular es que vivíamos en ese momento en Tucumán 458, y decíamos: nos pasamos del par a lo impar.”
El nombre de la casa de Chiquita, en cambio, se lo puso Pirí Lugones, que era quien la había alquilado. En una ocasión rearmó el baño y sacó una bañadera “ridícula” que había, dice Chiquita. “La puso en el jardín, y la llenó de plantas: de modo que la nuestra era la casa de La Bañadera.”
Con el suicidio de su hijo Alejandro en otra de las islas, Pirí no soportó más la idea de volver y le pidió a Chiquita que se quedaran con el alquiler. Les dejó la casa intacta, con sábanas y cucharitas, sólo les pidió que no tocaran unos papeles que dejó en los estantes de un placard. Hasta el allanamiento, nadie se acordó de esos papeles.
Cuando el hermano de Chiquita preguntó por qué no podía bajar en La Bañadera, el conductor le dijo: “Porque ahí estuvo la Marina”. Los choferes lo sabían: los marinos les habían sacado las lanchas para el operativo. El hermano de Chiquita siguió viaje hasta el final del recorrido y de vuelta vio sobre el jardín de la casa los muebles, la ropa y las cosas tiradas. “Creyeron equivocadamente que la casa de los amigos de Rodolfo era la nuestra –dice Chiquita– y en realidad algo de razón tenían.”
Pirí, Rodolfo y Chiquita se conocían desde los años ’50: “Al margen de las posiciones políticas, literarias y cuestiones personales fuimos un grupo de amigos con una relación muy prolongada –explica la escritora–. Pablo y Rodolfo no pensaban lo mismo: para ese entonces pescaban durante horas, pero conversaban poco porque Pablo no estaba de acuerdo con la lucha armada, y yo tampoco. No era mi principal preocupación, pero con Lilia y nuestras hijas comíamos juntos con frecuencia, hacíamos asaditos”. Las casas eran parecidas. “No teníamos luz eléctrica, oíamos radio. No había agua, entonces llevábamos botellas y filtrábamos el agua del río para lavarnos. Rara vez íbamos y volvíamos en la misma lancha.”
¿Discusiones políticas? “No –dice Chiquita–, discusiones políticas no porque no había coincidencias políticas. Hasta el ’72 o ’73 se podía hablar de política, pero obviamente después la cosa empieza a ponerse incómoda entre Lilia, Rodolfo, Pablo y yo porque no teníamos la misma posición: el mejor modo de mantener una muy buena relación, muy antigua amistad, era no tocar esos temas, sí tal vez lo hacían con nuestra hija menor que estaba en la UES, Rodolfo le tenía especial afecto.”

El garante

Tras el secuestro de dos compañeros de una de sus hijas militante de la Juventud Peronista en el gremio de actores, que se había exiliado en Perú, Chiquita y Pablo empezaron a vivir “levantados”. Dormían en hoteles alojamiento y tampoco volvieron a la casa de Tigre.
“En esas circunstancias decidimos salir del país –dice ella–. Pablo habló con Timerman, que estaba como director de La Opinión le dijo cómo estaban las cosas y Jacobo le dijo que nos fuéramos inmediatamente, pero antes le ofreció hablar con Massera, y Pablo dijo que no: ¿qué había que explicarle a Massera? No eramos montoneros, pero tampoco estábamos para dialogar con Massera, juntamos plata con muchas dificultades y nos fuimos.”
En quince días consiguieron algo de dinero para cinco pasajes, llegaron a Roma y Pablo estuvo durante un tiempo en la Agencia de Noticias Interpress Service, pero luego pasó a la sede de Nueva York de Associated Press (AP), donde había trabajado tiempo antes. Mientras estaba en Nueva York volvió a tener noticias de la casa del Tigre: esta vez el periodista, amigo y garante del alquiler de La Bañadera acababa de ser secuestrado por la dictadura.
“Lo del garante es una carga en nuestra conciencia”, dice Chiquita. Cuando Pirí decidió no volver a la isla, ellos renovaron el contrato. “Hubo que dar una garantía y Pablo se la pidió a un compañero de AP, un amigo de toda la vida, el alquiler era muy modesto, no íbamos a dejar de pagarlo de todos modos, Oscar lo sabía, y fue el garante.”
Oscar Serrat estuvo secuestrado en la ESMA, un dato que aparentemente acaba de conocer en los últimos meses, cuando declaró en la causa. “Cuando lo secuestran, la Agencia argentina no se mueve para buscarlo, pero informan a Nueva York, ahí nos enteramos.”
Pablo pidió una reunión con la dirección de AP en Nueva York. Les explicó que Serrat estaba secuestrado por la garantía de una casa de fin de semana, que era completamente inocente. “Nueva York se moviliza, dicen haber hablado directamente con el Departamento de Estado y a Oscar lo sueltan tres o cuatro días después, no por gestión de AP en Argentina porque era un ciudadano común.”
En la audiencia, Serrat contó además otro detalle: mientras estuvo secuestrado, la Marina le pidió que llamara a Nueva York para convencer a Pablo de que volviera, que tenían trabajo para él en Buenos Aires. No llamó.
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