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19 y 20 de diciembre de 2001.-



sábado, 25 de septiembre de 2010

EL PERONISMO

Horacio González y Daniel Santoro: cultura y arte

La pulsión del peronismo

23-09-10 / La barbarie fundante de la iconografía argentina, los mitos de felicidad y la actualidad de un proyecto político. Una charla imperdible sobre pasado y presente.

Por diego rojas (desde san juan)

San Juan es una ciudad fundante del imaginario argentino. No sólo fue la cuna de Domingo Faustino Sarmiento, quien señaló la dicotomía fundamental del país, “Civilización o barbarie”, sino que también sufrió un terremoto en 1944 que ocasionó que Juan Domingo Perón y Eva Duarte se conocieran en una función artística para recaudar fondos para sus damnificados. San Juan, lugar de origen del civilizador y del vindicador de la plebe, fue escenario del III Congreso Nacional de Cultura (ver recuadro). También fue testigo del encuentro entre Horacio González y Daniel Santoro. González es el director de la Biblioteca Nacional, uno de los principales impulsores de Carta Abierta y, en los setenta, referente de la izquierda peronista. Santoro es uno de los artistas plásticos más potentes de la actualidad –galardonado en todo el mundo– y el más peronista de todos, rescatador del legado icónico justicialista (y su reversionador más sagaz), miembro de Guardia de Hierro en sus años mozos. El ensayista y el pintor dialogaron sobre el imaginario de los argentinos, su actualidad y su pasado en una charla que estuvo atravesada por las pulsiones inevitables del peronismo.

Canibalismo de izquierda y mito.

Horacio González: –Lo que hacés no es fácil de describir. Causa un malestar muy grande porque hay un trabajo de absoluta literalidad, de las imágenes, de las frases. Cuando Evita castiga al niño gorila, por ejemplo, al perderse el nivel metafórico del lenguaje, se libera todo tipo de simbología de carácter religioso de modo salvaje. Tu obra pone el símbolo en estado puro.

Daniel Santoro: –Me dijeron eso acerca del cuadro Evita devorando las entrañas del Che Guevara. Aby Warburg resumía los íconos occidentales en dos figuras: la ninfa erecta maníaca y el dios fluvial depresivo. Eva es la ninfa que mete sus manos en el río, que es el dios fluvial, y saca su alimento. La idea de una izquierda depresiva me pareció interesante. Tengo muchos amigos trotskistas. Y cuando envejecen se vuelven depresivos. Me parece que el cuadro refleja algo de la relación de la izquierda con el peronismo, esa circulación de energía, esa vitalidad que surge de la frustración. Pero mi cuadro causó bastante indignación (risas).

H.G.: –Es que si trasladás esa escena, que remite al origen de la cultura por esos humanos que se devoran entre sí, al ámbito de lo político, negás la militancia. Manejás materiales muy riesgosos. Extremás el símbolo y lo convertís en una alegoría religiosa. Todos los símbolos aparecen con una nitidez que ofusca: el guardapolvo blanco, las heladeras. El peronismo tiene eso: construye los símbolos de la felicidad pública, el estilo campestre de las casitas, la comunidad organizada. Quiere realmente detener al mundo en la felicidad. Lo que hacés es aceptar que el mundo puede detenerse en la felicidad, y lo trastocás totalmente. Es inusual que una obra de estas características haya aparecido en la tradición peronista, pero creo que otra tradición política no la hubiera aceptado.

D.S.: –No tienen la capacidad de generar un mundo. El peronismo y su lenguaje generan un mundo imaginario propio. Todo puede ser visto de forma justicialista. Hay locomotoras justicialistas. Hubo un “avión justicialista del aire”, llamado así en la revista Mundo peronista. Hay unas propagandas en esa revista en las que un escudo justicialista ilumina el occidente del globo terráqueo y advierte: “El mundo se convierte”. Esa era la ambición: dar felicidad al planeta. Se trataba de elegir entre la lucha de clases o la democratización del goce. Cuando Hugo Moyano propone abrir un hotel sindical en Punta del Este, se postula como un peronista puro. Hace lo mismo que Eva en relación a Mar del Plata. Hoy Eva construiría hoteles sindicales en Punta del Este. Daría un paso más y los construiría directamente en José Ignacio.

H.G.: –¡Nos querés volver locos a todos! Entender, entendemos. Gustar, nos gusta. Pero dejá que nos defendamos un poco. El goce me parece sumamente atractivo, pero no sé si la vida popular aceptaría el congelamiento permanente de sus expresiones. Genera un riesgo ahistórico. Es la libertad del mito, que me parece que expropia demasiado las secuencias históricas y los intereses sociales. Yo soy un espectador con miedo ante tu obra, porque exige continuamente pensar que las sociedades son fundadas en base a una decisión mitológica y sólo viviendo dentro de ese mito se puede entender lo que pasa.

Barbaries.

D.S.: –En estos últimos años el cuadro La vuelta del malón creció y se convirtió en el eje de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes. Es un cuadro sobre el descontrol, es el territorio librado a su suerte. Es una visión porteña de la pampa, un cuadro que me perturba mucho. Se puede pensar a esos indios como protoperonistas. Saquearon una iglesia, uno de ellos tiene un maletín de cuero nuevo. Es un cuadro sobre la inseguridad. Corren hacia la pampa, de este a oeste, durante el amanecer, con una luz que oscurece al acercarse al oeste, a la barbarie. Se llevan a una cautiva hacia la oscuridad de las pampas. Está poniendo en acto, en 1892, la frase sarmientina: “Civilización o barbarie”.

H.G.: –Ese cuadro siempre me pareció un emblema desarrollado del drama argentino. Es la crónica de la fundación de otra ciudad con la inversión del mundo de por medio. ¿Qué es lo que se invierte? Las lanzas son los símbolos religiosos saqueados por un grupo de blasfemos. El maletín que representa a la civilización está junto a la cabeza cortada del propietario. La mujer cautiva: su robo se muestra en un momento de festejo. La transfiguración de la iglesia en desierto y el desierto en iglesia –mediante los instrumentos de la misa convertidos en boleadoras, la cruz en lanza– se torna en este cuadro como un gran tema de la cultura argentina. Hay que pensar que Ángel Della Valle, su autor, es un pintor insignificante que pinta una obra fundamental de la plástica argentina.

Orígenes y actualidades.

–Provienen de dos tendencias del peronismo. Cristina dijo que si la Juventud Sindical y la Jotapé se hubieran unido en los setenta, todo habría sido distinto. ¿Cómo percibieron esas declaraciones?

H.G.: –Y... probablemente en los setenta nos hubiéramos agarrado a los cadenazos (risas).

D.S.: –Hubiéramos discutido fiero. Pero ese ya no es un tema. Todas esas diferencias tremendas que había, representadas por quienes decían “Patria socialista” y “Patria peronista”, es un anacronismo que no tolera ningún tipo de discusión. Fue un poco artificioso y que respondió a las miserias de las conducciones. Dentro del peronismo hoy no se puede estar ajeno o ser enemigo de este gobierno. Si no, se practica un peronismo raro. Cualquier identidad mínimamente peronista pasa por estar de acuerdo con este gobierno. Lo que hacen Solá o Duhalde no se termina de entender y parece resolver viejas cuentas, miserias personales.

H.G.: –Me preocupa que Cristina lo considere unánime, sin escisión. Pero el peronismo es siempre una escisión. Hay que pensar lo que queda afuera del peronismo. En un primer momento, este gobierno lo pensó, y por eso suavizó su dicción, el vocabulario peronista. Ahora que lo acentúa, tiene que seguir el dilema sobre el otro del peronismo. Y ese otro es la interrogación sobre el conjunto de la historia del país. Y eso exige hablar de distinta manera del peronismo y del no peronismo. Yo llamaría a una gran discusión sobre esta cuestión. La Presidenta menciona estos temas con el ánimo de tocar la cuerda viva de pensar el país. Sin embargo, cada vez que los toca los constituye como ya resueltos. Y yo los creo abiertos. En ese sentido, el peronismo tiene una responsabilidad fundamental, que es la de pensar su continuidad bajo otro nombre.

D.S.: –Estoy de acuerdo. Será, sin dudas, la etapa que viene.



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