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Córdoba, Argentina



19 y 20 de diciembre de 2001.-



martes, 28 de septiembre de 2010

CRIMENES de LESA HUMANIDAD

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(C) 2002 PrensaRed Todos los deechos reservados


La doctrina del shock
La brutalidad aplicada por los represores sobre los “perejiles”, como denominan en su jerga a los militantes de base, conmueve, horroriza y acredita la sistematicidad de las acciones. El papel de la justicia, expresado en los términos del ex Juez federal Vásquez Cuestas: “los jueces de la Nación tienen la obligación de juzgar con la legislación vigente”, queda expuesto.

2009-11-10 ::

Por Katy García*

La declaración testimonial de Eudoro Vásquez Cuestas, ex Juez federal de Bell Ville, revela que cumplió órdenes del poder militar y conoce la existencia de subáreas. Fue una ardua tarea lograr que el ex magistrado deje de serlo. Sobre preguntas puntuales se ampara en el paso del tiempo, la cantidad de trabajo y remite a las partes, sistemáticamente, a consultar el “expediente”.

Los testigos y sobrevivientes Stella Maris Morales y Olegario Martínez, horas después, desmienten algunas de sus afirmaciones. En el “expediente” no se encuentran las denuncias sobre torturas, maltrato y apremios, ni figura que una indagatoria la hizo con militares armados presentes. En otro orden, Martínez revela que el empresario Lockman le confíó que “querían quitarle los campos” y un miembro de la iglesia, les pedía a los presos datos en vez de darles consuelo.

Jaime Díaz Gavier, presidente del Tribunal, comienza la sesión como es de rigor advirtiéndole al testigo los riesgos que corre si no dice u oculta la verdad. Acto seguido le pide que mire a los acusados: Gómez y Menéndez. El “Gato” Gómez se acomoda en la butaca para que el testigo lo vea bien. Mímica que reitera con los demás.

María Elba Martínez, le pregunta si recuerda a (Raúl Ernesto) Morales y a (Hugo) Hubert. El ex magistrado que estuvo a cargo del Juzgado federal de Bell Ville entre 1975 y 1985, suspira y dice: “fueron muchas las causas que tuve que sentenciar, han pasado más de 30 años”. La causa que se investiga estuvo en su poder. Ante la mayoría de las preguntas de la querella y de la fiscalía, se limita a contestar que “Si digo sí o no, no sería veraz”, y los remite al expediente. La querella indaga sobre la existencia de conexiones, doble jurisdicción y subordinación de la justicia a los mandos militares.

El testigo explica que el Poder Ejecutivo tenía la potestad de poner a la gente a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN). “En mi caso, ante los delitos subversivos se tomaban los recaudos con defensor y escribiente”. Estaban obligados a viajar a los lugares adonde se encontraban los presos y tomarles declaración. Afirma que lo hacían con conocimiento de la Cámara que le indica “vaya e indáguelos” y le proveía de los viáticos. Lo acompañaban el fiscal Arsenio Noguera, el defensor oficial Carlos Rius, el secretario Miguel Rizzotti y la escribiente Mercedes Pérez.

Está en el expediente

Pudo advertirse que el ex Juez estaba a la defensiva. Su experiencia, sin duda, le imprimió al testimonio una dosis de énfasis que alterna con modales diplomáticos. Se empeña en mostrar que actuaba de “acuerdo a las normas vigentes”.
“No recibía órdenes”, aclara y agrega “me pregunto qué hubiera hecho usted, dirigiéndose a Martínez. Asegura que “nunca hubo militares” mientras realizaba las indagatorias. Para reforzar esta afirmación comenta que en la UP1, un oficial quiso estar presente y no lo permitió.

La documental da cuenta que el comandante de la IV Brigada Aerotransportada, Juan Bautista Sasiaìñ, le ordena indagar en la UP1 a Morales, Saravia, Eduardo Lavalle, Oscar Hugo Hubert, Stella Maris Morales y Olegario Fernando Martínez.
Niega que alguien le haya expuesto denuncias sobre torturas o apremios ilegales. Y sobre el origen de las detenciones, los manda al famoso expediente. “A lo documentado no se puede agregar nada porque sería una falacia. Todo lo documenté en presencia del fiscal y del defensor”, se escuda.

Falta de mérito, sobreseimiento y prisión

Este juez, sentenció falta de mérito en el caso Morales y sobreseimiento, pero no quedaron en libertad, siguieron a disposición del PEN.

-¿Por qué no recuperaron la libertad? pregunta la abogada.
- ¿Con qué fuerza, con qué potestas, exijo que queden en libertad? interpela y se excusa de opinar qué hubiera pasado si lo hacía.
- Por encima de ellos no había nada, alega y destaca su condición de testigo.

A instancias del Fiscal cuenta que fue nombrado Juez durante el gobierno de facto. En relación a la defensa de los presos, asegura que actuaba el defensor oficial. No había abogados particulares, salvo uno –se acuerda- que era de Villa María y tenía siete hijos. Martínez pregunta la identidad del letrado y le comenta que unos 14 abogados están desaparecidos. Vázquez le responde “ah, no, éste murió tranquilo”.

Prosigue Gonella y le inquiere si en la UP1 alguien denunció haber declarado bajo apremios. No recuerda. Reconoce que el Área 311 corresponde al Tercer Cuerpo pero aclara que “no es algo de mi incumbencia, es la primera vez que me entero que haya habido subáreas”, y justifica su ignorancia en la cantidad de expedientes a su cargo.

En un momento dado ante la insistencia de Orosz sobre cómo sabía que un preso quedaba a disposición del PEN contesta que “no era mago ni policía”. Toma conocimiento cuando se le informa. Sin embargo, termina aceptando que si no está a disposición del PEN, está secuestrado.

Ofrece información amplia sobre el copamiento al cuartel de Villa María, causa que instruye y dicta sentencia. Habla de Carlos Raimundo Moore y de Fermín Rivera. Los ubica en igualdad de condiciones.

Orosz pregunta si recibió declaraciones de Rivera acerca de fusilamientos producidos en la UP1. No lo recuerda. Pero afirma que Rivera se pasó de bando, se quebró. Pero queda claro que los dichos sobre el lugar de enterramientos de cadáveres es verídico.

La defensa de Menéndez le pide que se explaye sobre el copamiento. Lo hace con lujo de detalles, hasta que el Fiscal advierte sobre la pertinencia del tema.

Otro hecho sorprendente, motivo de comentario fue la presencia del comisario Romano, en Bell Ville. Autorizado por el Juez Humberto Vásquez, detuvo a unas 14 personas. El ex magistrado asegura que le habló a Vázquez y que éste se disculpó por la “improlijidad”. “No me tembló la mano”, se ufana. Y atestigua haberle dicho a Romano: “no quiero que vuelvan ni con un resfrío”. Fueron liberados, dijo.

Sabía lo que tenía que hacer


Elsa Noemí Morales, hermana del sobreviviente, dona uno de sus riñones para que pueda vivir. Brinda información sobre el mal estado de salud de su hermano. “Cuando queda en libertad estaba enfermo, con las costillas rotas y presión alta y que fue el doctor Galimberti quien le realiza estudios y concluye que ambos riñones no le funcionaban. Le hicieron diálisis por un tiempo. Estudian la compatibilidad familiar y ella es quien lo era en un 99,99 por ciento. No duda en ser la donante. Así, el equipo del doctor Flores realiza la operación de trasplante en el Hospital Córdoba. “Sabía que lo tenía que hacer, dar la vida por mi hermano y lo hice”. La defensa le pregunta si sabía qué hacía su hermano. “Militaba en la Juventud Peronista”, responde.

Viaje al infierno
Tras un cuarto intermedio, se reanuda la audiencia en horas de la tarde. Declara como testigo Stella Maris Morales de Martínez, hermana de la víctima y también sobreviviente. Junto a su esposo Olegario Martínez, fueron detenidos en Santa Rosa de Calamuchita, la mañana del 22 de marzo de 1976. Su esposo era policía y se desempeñaba en los Hoteles de Embalse. El viaje fue sin violencia. Al llegar al D2, “la bienvenida fue tirarme contra la pared. Vendada, desnuda, me pasearon diciendo: esta es la mujer de un colega”. Una persona la tira de los pelos desde atrás y le dice

-¿Servís para algo? ¿Tenés ovarios?
-Pasala, pasala, le voy a hacer un gatito-dice otro

La interrogan, le arrojan agua, la asfixian con un trapo mientras otro le pega en los oídos. Se entera que su hermano también estaba allí. Cuando despierta, vestida, le traen a un niño de dos o tres años que le pasaba las manos por brazos y piernas. Le decían “tenemos a tu hijo”. Insultos, golpes, y maltratos eran constantes. En un momento dado, observa que una mujer con un niño circulaban libremente. La descubren y la vendan con un trapo con gasoil.

En una de las inevitables idas al baño escucha que en una habitación cercana interrogaban a alguien. Cuando sale, se dan cuenta de su presencia y le dicen al Guardia “qué haces con esta cu… aquí, llévatela, el Gato le está dando máquina a uno”, cuenta que escuchó. “Le preguntaban el nombre de guerra a un hombre que respondió soy Manuel Canizzo, no tengo nombre de guerra. Trabajo en una curtiembre”.
Nunca los vio a su hermano y a su esposo. Solo escuchaba sus gritos de dolor.

Stella militaba en la JP. “Pintábamos escuelas, organizábamos ligas de fútbol, limpiábamos el río, como cualquier organización social”, explica. El 29 la trasladan a la penitenciaría.

Ojo con lo que decís

En junio llegó Vásquez Cuestas y la notifica que está acusada de asociación ilícita. La llevan a declarar. La acompaña un militar que le señala “ojo con lo que decís”. Se ubicó detrás del juez y frente a ella. Estaba armado. Así declaró ante el Juez que, precisamente, horas antes se ufanara de que jamás declaró con militares.

En agosto del mismo año -1976-, le comunican que fue sobreseída pero que está a disposición del PEN. La trasladan a la cárcel de Devoto y recupera su libertad en noviembre de 1978. Un año antes había solicitado salir del país y no fue autorizada. Presentó habeas corpus, incluso escribió al área 141 y al propio juez Vásquez Cuestas solicitándole que haga algo. El 17 de noviembre de 1978, queda libre, mientras que su hermano el 25. Un dato importante surge de la declaración de la testigo y es la relación que había entre las cárceles y el Tercer Cuerpo.

Stella Maris, tranquila y con firmeza, relata el infierno vivido. Cuando le toca hablar de los padecimientos de su hermano, rompe en llanto. Le diagnostican Insuficiencia Renal Crónica. “Nunca se recuperó. En 33 años se la pasa en el médico. El doctor Flores nos anticipó que le garantizaba 9 años de vida más o menos buena. Así fue. Ahora tiene cáncer de piel”, expresa conmovida.

De las preguntas del Fiscal surge claramente que la detención fue realizada sin orden, por personal vestido de civil. La hicieron firmar una declaración cuyo contenido desconocía.

En una ocasión la llevaron a una oficina, frente a un reflector una persona le dijo: “si de cada diez perejiles, podían pescar uno, se justificaba”. Eran “gente salvaje, con olor a alcohol, incultos, que disfrutaban de lo que hacían”, caracteriza la testigo. Incluso, les robaban bienes a los presos. “Gato”, “Jefe”-voz chillona, aflautada - y “Tucán” eran los sobrenombres más escuchados de los verdugos.

- ¿Volvió a participar como militante?, pregunta Fresneda.
- Si, hasta hoy, dice.

Orosz inquiere cómo supo que fue sobreseída. Estaba a disposición del Área 311 pero no por escrito. Esto quedo claro cuando trasladaron a una de las presas, Alicia Bulón, junto a varios varones en calidad de rehenes para resguardar la seguridad de (Jorge Rafael) Videla, en Tucumán.

El defensor público Arrieta le consulta si en la UP1 recibieron atención médica. “Ingresamos sin saber hasta una oficina, pero no sabemos si algún médico nos habrá visto”. Recuerda haber escuchado que uno de los médicos era un tal Monbrún.
También que recibían picana manual aplicada por gente se la IV Brigada y la requisa.
Arrieta le pregunta si el “Gato” es la persona que ve allí. Le dice que “no podría afirmarlo” porque han pasado muchos años.

Disfrutaban lo que hacían

“Ahí empieza el tormento para nuestra vida y matrimonio”, reflexiona Olegario Martínez sobre el día en que son detenidos junto a su esposa. Al llegar al D2 lo vendan y golpea una patota de 4 o 6 personas. ¿Dónde están las armas y quienes son de la célula? Preguntan y siguen pegando. ¿Hay muchos montoneros? Lo trasladan a un lugar con dos escaleras y le aplican “mojarrita y submarino”.

Entre los torturadores se decían “pará Gato”, “Tuerto” o Tucán”. Un golpe de electricidad le recorre el cuerpo, le impide movilizarse y afecta sus piernas.
En la UP1, otros presos lo acompañan al baño. Nunca recibió atención médica, se curaba con “español” que su compañero de celda, Hugo Hubert, había conseguido en la enfermería. Vendado, firma una declaración. Una vez lo vio a Carlos Moore, colaborador de los represores, quien le aconseja “cuidate con el Gato, cantá todo”. Permanecía frente a él con una mujer y un niño.

Una escena escalofriante pudo ver cuando lo llevan al baño y le dicen:”vas a ver lo que le puede pasar a tu señora”. Pese a que le indican “no te saqués la venda que te hacemos boleta”, se la levanta y ve a una mujer penetrada por un palo de escoba o una cachiporra. Solloza, mientras la sala conmovida escucha este relato atroz.

Le hacen tres simulacros de fusilamiento y cuando regresa del baño le pintan una cruz esvástica en la remera. Al su lado, sentada, una mujer a quien no conoce y jamás supo de ella le hace saber que se llama Nora Carrara.

Del D2 a la UP1

A fin de mes, lo sacan del D2. Junto a Hubert, lo ponen manos arriba en el pasaje Santa Catalina. Había un cordón de soldados que llegaba hasta la alcaidía. Ya en el patrullero-llamado celular- Hugo pudo ver por la mirilla a su Padre que pasaba por el lugar. En la penitenciaría manifiesta que tenía los testículos color coca –cola pero nadie hace nada. Lo trasladan a pabellón 6 que comparte con Audisio, Hubert y Orduna. Recuerda que un tal “Cabo Pérez” les decía ¡qué me mira, baje la cabeza! Y le pegaba con un casco.
Meses después, Vásquez Cuestas le toma declaración. Denuncia las lesiones, la tortura y la firma. No figura en el expediente. En su sólida declaración señala además dos situaciones. Por un lado, la presencia de “alguien de la Iglesia” que no brinda asistencia espiritual sino que intenta obtener información. Por otra parte, pudo conversar con el empresario Lockman –preso-, quien le manifiesta que “le querían quitar los campos”. También estaba un tal Greco, agrega.

Pero el trago más amargo lo vive cuando su compañero Hubert le comenta: “me van a matar”. Le confiesa que tenía una hija y le encomienda una misión. Debía transmitirles a su padre que “lo perdone”, y a la madre de su hija que quiso hacerse cargo. “Dejó un diente de oro, en la farola”, revela Martínez. Este fue otro momento angustiante para el testigo. Llora. Toma agua y sigue.

Gendarmería a puro golpe lo traslada al pabellón 9. Supo después que se lo llevaron a Neme y a Florencio Díaz. Pensaban con Hubert que los conducían al médico. Al otro día, un guardia cárcel les arroja un diario donde pudieron leer que “murieron en un enfrentamiento, también Marta de Baronetto”, apunta.

A su cuñado Morales lo vio una vez. Iba con la pierna a la rastra. “Me hicieron b…con un torniquete”, le dijo. Y cuando sale del baño le dice “orino sangre”.

El Juez Vásquez Cuestas le dictó prisión preventiva por asociación ilícita y lo condenó a 4 años. El abogado Rius le aconseja firmar porque ya había cumplido la pena.
Casi al final de la audiencia novena, el abogado Vaca Narvaja pregunta:
- ¿Percibió qué sensación les producía a estos hombres?
- Era un jolgorio, disfrutaban de lo que hacían, dijo convencido.

*Diario del Juicio

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