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Córdoba, Argentina



19 y 20 de diciembre de 2001.-



viernes, 16 de enero de 2009

La democracia popular del siglo XXI

La democracia socialista del siglo XXI
Claudio Katz
RESUMEN: Una democracia sustancial solo puede construirse erradicando la dominación
capitalista, eliminando la desigualdad y dotando a los ciudadanos de poder efectivo en todas las
áreas de la vida social. Estas metas podrán alcanzarse con una democracia socialista
diferenciada del fracasado totalitarismo burocrático, que actualice los viejos ideales e
implemente nuevas formas de participación popular.
Este proyecto exige gestar otra democracia y no radicalizar la existente. Requiere partir
de caracterizaciones de clase para comprender el constitucionalismo contemporáneo e introducir
transformaciones radicales, que no se reducen a expandir un imaginario de igualdad. También
presupone retomar la tradición que opuso a las revoluciones democráticas con las revoluciones
burguesas.
La regulación de los mercados, el ensanchamiento del espacio público y la acción
municipal son temas de controversia con la democracia participativa. En ausencia de
perspectivas socialistas, las iniciativas democratizadoras en estos campos no modifican el orden
vigente. El presupuesto participativo de Porto Alegre brinda un ejemplo de estas limitaciones,
pero en Venezuela tiende a verificarse otro camino, en la medida que continúe la radicalización
del proceso bolivariano.
Es un error mayúsculo desconocer la relevancia actual de la democracia para un
proyecto socialista. Este desacierto se comprueba en los planteos favorables a la dictadura del
proletariado, que eluden caracterizar el futuro régimen político. También es incorrecto
identificar la transición post-capitalista con el liderazgo de un partido único, ya que esta
organización no puede procesar la heterogeneidad política de las clases populares. Estas
conclusiones son importantes para una renovación socialista en Cuba que impida la restauración
capitalista. También son relevantes para la discusión que ha suscitado en Venezuela la
conformación del nuevo partido socialista.
A diferencia del planteo consejista, la democracia socialista no equipara los organismos
surgidos de una sublevación popular con las instituciones post-capitalistas. Reconoce las
peculiaridades de la experiencia soviética y promueve la representación indirecta. También
recupera el realismo que exhibieron los marxistas clásicos para concebir un sistema político
emancipador. Las tensiones entre participación colectiva y desarrollo personal no desaparecerán
en una transición socialista, pero se desenvolverán en un marco de principios igualitarios.
1 http://katz.lahaine.org
LA DEMOCRACIA SOCIALISTA DEL SIGLO XXI
Claudio Katz1
¿Cuál debería ser el régimen político de una sociedad post-capitalista? Este interrogante
cobra actualidad, a medida que el socialismo del siglo XXI comienza a debatirse en el
movimiento popular. Una opción a considerar es la democracia socialista como un proyecto
superador, tanto del constitucionalismo y del localismo ensayados en la región, como del
totalitarismo burocrático implementado en el ex “campo socialista”.
PROYECTOS Y OBJETIVOS
El socialismo apunta a construir una sociedad igualitaria a partir de la erradicación del
capitalismo y la expansión de la propiedad colectiva de los medios de producción. Este proceso
exige desenvolver la autodeterminación popular, bajo una modalidad que debería contener las
características de una democracia socialista. Este sistema político sustituirá el régimen
actualmente dominado por los banqueros, los industriales y los burócratas por un gobierno
soberano del pueblo, que pondrá en práctica una democracia real2.
Al sustraer los derechos esenciales (educación, salud, alimentación, ingreso básico) de
las reglas de mercado, una transformación socialista permitirá mejorar el nivel de vida y reducir
drásticamente la desigualdad. La paulatina socialización del proceso productivo aportará a la
población los recursos, el tiempo y las calificaciones necesarias para participar, deliberar y
decidir los destinos de la sociedad.
Estos cambios favorecerán la expansión de la democracia a todas las áreas de la vida
social. Formas de gestión mayoritarias serían introducidas en la economía (fábricas, bancos,
servicios), el estado (administración, ejército, justicia) y la actividad pública (educación, salud,
medios de comunicación). La mera rotación de funcionarios al servicio de las clases dominantes
quedará sustituida por una efectiva presencia de los exponentes de la opinión popular. De esta
forma cesaría la separación entre esferas políticas -formalmente sometidas al voto ciudadano- y
áreas económicas exceptuadas de ese principio. Desaparecería la fractura que ha permitido a los
capitalistas dominar, sin transparentar la supremacía que ejercen en la sociedad actual.
La democracia socialista generalizará todas las iniciativas que favorecen la intervención
masiva. La deliberación popular, las audiencias públicas y las consultas periódicas ya no serán
episodios pasajeros. Conformarán la norma usual de un sistema regido por la autoadministración
y sostenido en mecanismos de participación, representación y control colectivo.
Las principales decisiones quedarán sometidas al dictamen del voto, que expresará el
poder real de los sufragantes. Los comicios actualmente consensuados por las clases opresoras
se transformarán en desenlaces reales de la voluntad colectiva. Estos actos dilucidarán
encrucijadas relevantes, zanjarán conflictos y brindarán aval a las iniciativas más apreciadas.
1Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página
web es: www.lahaine.org/katz
2 Hemos expuesto los fundamentos teóricos y económicos de esta transformación en un libro
reciente. En este artículo profundizamos el análisis del régimen político de este proceso. Katz
Claudio. El porvenir del socialismo. Ed. Herramienta e Imago Mundi, Buenos Aires, 2004.
2 http://katz.lahaine.org
La democracia socialista ensancharía el alcance del sufragio, que los capitalistas han
integrado a su gestión del orden vigente. Esta absorción ha implicado la conversión de
conquistas populares en instrumentos de legitimación del status quo. Desde mediados del siglo
XIX, cada ampliación geográfica del constitucionalismo ha desembocado en este reforzamiento
de la supremacía capitalista3.
Al convertir los derechos formales en atributos sustanciales, la democracia socialista
modificará el carácter de la ciudadanía. Los derechos políticos que todos los miembros de la
sociedad ya detentan con independencia de su status social, raza o religión, quedarán
transformados en derechos plenos de individuos emancipados. Este salto histórico sentará las
bases para gestar la democracia real del siglo XXI. Se afianzará la remodelación de los sistemas
políticos a escala regional, continental y mundial, pero al servicio de la población y no de un
puñado de bancos o empresas transnacionales.
ANTECEDENTES Y PRECURSORES
El colapso registrado en la Unión Soviética y Europa Oriental confirma que el
socialismo no puede construirse sin democracia. Las tiranías se hundieron en esos países en
medio de la hostilidad y la indiferencia popular, porque habían sofocado los elementos de
socialismo que contenían en su origen. Actuaban como dictaduras manejadas por una capa de
burócratas divorciados de la población. Para reconstruir un programa socialista hay que exponer
con nitidez esta incompatibilidad del totalitarismo con un proyecto anticapitalista.
La democracia y el socialismo transitan por el mismo carril. Es imposible erigir una
nueva sociedad sin crear condiciones de creciente libertad. La democracia socialista reuniría
ambas metas y actualizaría el objetivo de Marx de avanzar conjuntamente hacia la
“emancipación política y humana”.
Este proyecto se inspira especialmente en la síntesis que promovió Rosa Luxemburg al
rechazar la identificación convencional de la democracia con el capitalismo. No solo resaltó el
antagonismo que opone la soberanía popular con los privilegios clasistas, sino que promovió la
ampliación de las libertades públicas conquistadas bajo el orden burgués. Remarcó
especialmente el rol que tienen los derechos electorales en la preparación de un gobierno postcapitalista.
Luxemburg contrapuso la democracia superflua que pregona la burguesía con la
democracia integral que necesitan los trabajadores. No le asignó a este mecanismo una finalidad
puramente instrumental, a utilizar o desechar en función de cada coyuntura política. Subrayó la
gravitación de la democracia genuina para la maduración política de las masas y la gestación del
socialismo. Esta confianza en la acción popular y el rechazo a cualquier sustitución de ese
protagonismo constituyen el cimiento de la democracia socialista4.
La democracia plena es un viejo ideal de los oprimidos gestado en confrontación con el
elitismo. El constitucionalismo contemporáneo mantiene este desprecio hacia las masas, bajo la
pantalla del formalismo republicano. Ya no identifica directamente la democracia con el
3 Las clases dominantes arribaron empíricamente a esta compatibilidad en Gran Bretaña, al cabo
de sucesivas reformas electorales (1832, 1859, 1884). En Estados Unidos se alcanzó la misma
síntesis mediante mecanismos de representatividad indirecta, que neutralizaron la voluntad de la
mayoría. En Europa Occidental se consumó este propósito a través de alternancias bipartidistas,
variedades multipartidistas o coaliciones parlamentarias, que aseguran a los capitalistas el
control del régimen político.
4 Luxemburg Rosa. “Reforma o revolución”. Obras escogidas tomo 1. Ed Pluma, Buenos Aires,
1976
3 http://katz.lahaine.org
desorden, la muchedumbre y la degeneración de gobiernos sometidos a multitudes incultas.
Pero acepta únicamente el régimen político que preserva el poder de los capitalistas.
Por el contrario, la democracia socialista se basa en un principio igualitario que
reivindica el gobierno de las mayorías. Retoma las metas concebidas por los utopistas del siglo
XVI, por los teóricos roussonianos y por los rebeldes, que en el siglo XIX buscaron gestar una
“democracia social” fusionando los derechos ciudadanos con las mejoras populares. Este
proyecto se contraponía a la “democracia colonial” (erigidas en áreas expropiadas a la población
nativa), a la “democracia imperialista” (instrumentada por las grandes potencias) y a la
“democracia liberal” (que surgió asentada en la proscripción del grueso de la población)5.
Esta misma tradición se expresó en América Latina en los programas radicales
esbozados por los sectores revolucionarios que intentaron ensamblar las formas republicanas
con la emancipación de los esclavos y los siervos. La “democracia social” siempre fue en esta
región una batalla por la reforma agraria, la independencia nacional y la eliminación del
elitismo oligárquico.
Estas herencias son tan significativas como el antecedente ateniense, que otorgaba
preeminencia al ciudadano. A diferencia del constitucionalismo burgués, en la Polis de la
Antigüedad no existían áreas protegidas del voto. La sociedad se asentaba en nítidas
estratificaciones (los esclavos, mujeres y extranjeros carecían de derechos), pero quiénes
gozaban del atributo de la ciudadanía influían realmente en el destino de la ciudad.
La democracia socialista adaptaría estos precedentes al nuevo contexto del siglo XXI.
Tomaría en cuenta las lecciones que han dejado la expansión del constitucionalismo, el
desplome del “socialismo real” y las acotadas experiencias de la democracia participativa. Pero
la mejor forma de clarificar el contenido concreto de este proyecto es confrontando sus
afinidades y divergencias con otros programas próximos.
“RADICALIZAR LA DEMOCRACIA”
Una tesis que proclama cercanía con la democracia socialista postula extender la
igualdad a todos los ámbitos de la sociedad, para completar el proceso inaugurado en 1789.
Considera que la democracia es un concepto que provee los impulsos suficientes para consumar
esta ampliación. Estima que facilita los avances progresistas porque propaga un imaginario de
equidad y supone que con la guía de este principio se pueden encarar “nuevas revoluciones” que
“radicalicen la democracia”6.
Pero este impulso nunca ha bastado para implementar transformaciones significativas.
El potencial igualitario que efectivamente contiene el concepto de democracia, no permite
remover los obstáculos que interpone el capitalismo a la realización plena de ese proyecto. Sus
ideales implícitos solo aportan un componente, al arsenal de recursos necesario para lograr ese
objetivo.
Pero existe otro problema. La democracia arrastra múltiples significados. En su
acepción formal o constitucionalista no socava al capitalismo, sino que refuerza a ese sistema.
Por eso conviene aclarar siempre que la democracia socialista y burguesa son dos proyectos
antagónicos y no escalones de concreción de una misma meta.
5
Rosenberg Arthur. Democracia y socialismo, México, 1981, (cap 2 y 3).
6 Laclau, Ernesto. Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia,
Fondo de Cultura Económica, 1987, Buenos Aires, (Prefacio, cap 4).
4 http://katz.lahaine.org
La propuesta de “radicalizar la democracia” desconoce esta oposición y concibe al
socialismo como un estadio, que en algún momento emergerá del perfeccionamiento de las
instituciones liberales. Propone alcanzar este objetivo transitando el camino social-demócrata de
mejoras paulatinas del capitalismo, sin explicar porqué ese recorrido falló tantas veces. Además,
utiliza el término “revolución democrática” en un sentido desconcertante, como antónimo de
cualquier subversión del orden vigente.
Lo que habitualmente se cataloga como gradualismo, conservatismo o reformismo aquí
se denomina revolución. La confusión es mayúscula, porque con ese término se alude un
acontecimiento explícitamente opuesto a la tradición jacobina o marxista. La revolución
democrática no implica en este caso rupturas con el régimen capitalista, sino tan solo
irradiaciones de un imaginario de igualdad, libertad y fraternidad.
Esta expansión se asemeja más bien a un consenso de creencias, que al ejercicio
efectivo de la soberanía popular. Alienta una revolución democrática destinada a transformar las
esperanzas, los discursos o las narraciones, pero no la dura realidad de la vida social. Como este
cambio es postulado, además, en convivencia con la ideología liberal, carece de cualquier punto
de contacto con un programa socialista genuino.
Las revoluciones democráticas del pasado no se redujeron a modificar el imaginario de
la población. Sacudieron al régimen opresor, a través de sublevaciones masivas que arrasaron
con las instituciones de las clases dominantes. Estas conmociones impusieron una escala de
libertades públicas que siempre desbordó su localización inicial. La revolución francesa
inauguró este efecto de contagio, que se repitió en todos los continentes durante los últimos dos
siglos.
Las conquistas democráticas siempre han requerido revoluciones palpables y no solo
imágenes de sus resultados potenciales. Estos logros se obtuvieron en forma directa por el temor
de las clases dominantes a un estallido, en una dinámica que persistirá en el futuro. Por esta
razón la democracia plena emergerá de procesos revolucionarios y no de la “radicalización” de
instituciones liberales.
El antecedente jacobino o marxista no ha perdido vigencia. Se han tornado obsoletas las
revoluciones burguesas, pero no sus equivalentes democráticas. Mientras que el primer tipo de
convulsiones apuntaba a despejar el desarrollo del capitalismo, la segunda variante apuntó a
expandir los derechos de organización y expresión de los oprimidos. Ambos acontecimientos
irrumpieron frecuentemente en forma combinada, pero las revoluciones burguesas fueron
siempre hostiles a la intervención de las masas y transitaron un pasivo recorrido desde arriba.
Las revoluciones democráticas se desarrollaron, en cambio, desde abajo y con gran sustento
popular. La brecha entre ambos procesos –que era muy reducida en los albores del capitalismose
ha transformado en la actualidad en un abismo.
Por esta razón, la revolución democrática tiene un alcance potencialmente socialista y
su logro exige reformas, rupturas radicales y revoluciones. Impugnar este vínculo es la antesala
de la deserción socio-liberal, que comienza acotando las mejoras al marco institucionalista y
termina abandonando cualquier acción para obtener esas conquistas.
Un proceso real de revolución democrática desata la resistencia de los poderosos y tiene
implicancias socialistas. Una vez traspasada cierta frontera de concesiones, los capitalistas
defienden encarnizadamente sus privilegios y generan conflictos que convulsionan el orden
vigente. La revolución constituye un momento esencial -aunque no único, ni mágico- de
gestación de la democracia socialista. Es un acontecimiento extraordinario que debe ser
analizado con seriedad, sin abusar del término, ni deformar su contenido.
5 http://katz.lahaine.org
LA OMISIÓN CLASISTA
Los partidarios de radicalizar la democracia conciben su propuesta en oposición a
cualquier razonamiento de clase. Atribuyen a este fundamento un sentido “esencialista” que
obstaculiza la caracterización de los sistemas políticos. Propician en cambio un enfoque “posmarxista”,
que permita identificar a todos los participantes de la batalla por expandir la
democracia7.
¿Pero es posible analizar esta lucha ignorando su dimensión clasista? Cualquier
observación histórica desmiente esta pretensión. Durante siglos las distintas interpretaciones de
la democracia estuvieron asociadas con regímenes fundados en la superación de las clases, la
generalización de una sola clase o la dominación de un grupo social sobre otro.
El primer planteo fue vislumbrado por los utopistas del Medioevo, retomado por los
pensadores comunistas y conceptualizado por Marx. La segunda visión fue planteada por
Rousseau, que imaginó un sistema dónde nadie acumulara riquezas suficientes para convertirse
en explotador. Al igual que Jefferson pregonaba un régimen político sostenido en pequeños
productores independientes. El tercer enfoque fue planteado por el liberalismo clásico, que
desde la mitad del siglo XIX promovió el sufragio censitario. Esta variante nunca ocultó su
marcado carácter de clase y su propósito de garantizar los privilegios de las clases opresoras
El fundamento clasista se encuentra, por lo tanto, presente en las tesis igualitaristas y en
los proyectos de perpetuación de la desigualdad. Discutir el sistema político omitiendo este
sustento conduce al ilusorio terreno de la neutralidad social, que transitan todas las variantes del
constitucionalismo. Estos enfoques desconocen la distinción entre democracia formal y
sustancial y difunden el mito de regímenes políticos supra-clasistas favorables al bien común.
Con esa mirada resulta imposible reconocer cómo la estratificación social condiciona la
vida política de cualquier sociedad de clases y de qué forma el constitucionalismo actual opera
como un sistema de dominación de los privilegiados. Para clarificar este carácter de clase los
marxistas utilizan distintas denominaciones, como “democracia burguesa” o “capitalismo
democrático”.
El condicionamiento clasista explica la brecha que separa al constitucionalismo actual
de la democracia real. Si se omite este sustento pierde sentido la convocatoria a expandir la
igualdad a todos los ámbitos de la sociedad, porque no se especifica cuál es el cimiento de la
inequidad a corregir.
El análisis de clase es también indispensable para explicar las relaciones que vinculan a
los distintos sectores capitalistas (financiero, industrial, de los servicios o el agro) con la elite
burocrática que maneja el estado. Esta brújula es vital, porque aporta la jerarquía analítica
necesaria para comprender el rol de todos los actores del sistema político contemporáneo.
Lejos de introducir un estorbo “reduccionista”, el enfoque de clase es la llave maestra
de esta indagación. Permite capturar cómo se posicionan objetivamente los distintos grupos
dominadores y dominados en el escenario social. Este retrato es también indispensable para
explicar porqué los trabajadores son periódicamente impulsados a chocar con un régimen
político que los oprime.
El gran nubarrón de ambigüedades que rodea el proyecto de “radicalizar la democracia”
deriva de su indefinición clasista. Ese planteo promueve la igualdad pero olvida la explotación y
auspicia la participación ciudadana, sin definir qué rol juega cada sector popular. En su
presentación más audaz sugiere algún desemboque socialista, pero rechaza cualquier ruptura
7 Laclau, Hegemonía (Prefacio, cap 4).
6 http://katz.lahaine.org
con el capitalismo. En síntesis: es un enfoque que ha perdido cualquier punto de contacto con la
democracia socialista.
REGULAR LOS MERCADOS
Dentro del multifacético universo de corrientes que propugnan la democracia
participativa se pueden distinguir dos grandes variantes. Un primer grupo radical promueve la
intervención popular y adopta una perspectiva anticapitalista. Otro enfoque es afín a la
socialdemocracia o al keyenesianismo y limita el activismo ciudadano a los marcos
preestablecidos por las clases dominantes8.
El proyecto de la democracia socialista mantiene afinidades con la primera variante y
fuertes discrepancias con la segunda. Pero como todos los planteos se entrecruzan, comparten
escenarios y demandas comunes, no es sencillo distinguir las compatibilidades y las
divergencias. Estos posicionamientos se definen en la práctica política y también pueden ser
aclarados en ciertos debates conceptuales. Esas discusiones actualmente involucran tres áreas: la
regulación estatal, el espacio público y la acción en los municipios9.
La propuesta de regular los mercados apunta en todas las iniciativas a reducir las
desigualdades sociales y gestar una democracia real. En la perspectiva del socialismo y de las
corrientes participativas radicales este control debe facilitar conquistas populares,
desvinculando los derechos sociales (y porciones crecientes del salario) de las exigencias de
inversión o rentabilidad. La función de esta desconexión es reforzar la cohesión de los
trabajadores en su lucha contra el capital.
Por el contrario el enfoque socialdemócrata o keynesiano propicia la regulación de los
mercados para estabilizar el funcionamiento del capitalismo. Busca reducir la intensidad de los
ciclos, disminuir el impacto de las recesiones y limitar el poder de los financistas. Las mejoras
sociales son concebidas como un correlato de estos objetivos empresarios.
El trasfondo de esta divergencia son objetivos históricos completamente opuestos. El
programa socialista busca reducir la gravitación de los mercados para facilitar su progresiva
extinción en una sociedad sin clases. El planteo keynesiano pretende, en cambio, eternizar la
presencia de estos organismos con el auxilio de la supervisión estatal.
Como el mercado es el mecanismo de intercambio a través del cual las empresas
realizan el plusvalor creado por los trabajadores en el proceso de producción, la regulación de
esa entidad puede servir para limitar esta explotación o para consolidarla. Los socialistas
promueven el primer camino y los socialdemócratas el segundo.
Muchas propuestas de la democracia participativa navegan entre ambas perspectivas sin
definir una meta clara. Por esta razón concentran sus demandas en el control de los mercados,
8 Hemos analizado las características de esta segunda corriente en nuestro texto precedente. Katz
Claudio. “Interpretaciones de la democracia en América Latina” (La Haine, Rebelión, Aporrea)
9
Estos temas son abordados por: Borón Atilio. Estado, capitalismo y democracia en América
Latina, UBA-CBC, 1997, (cap 5). Borón Atilio. Tras el Buho de Minerva, Fondo de Cultura
Económica, Buenos Aires, 2000. (cap 6). Sader Emir. “Hacia otras democracias”. Desarrollo,
Eurocentrismo y Economía Popular, Minep, Caracas, 2006. Harnecker Marta. La izquierda en el
umbral del siglo XXI. Editorial Siglo Veintiuno, Madrid, 2000, (Tercera parte, cap 5).
Harnecker Marta. “La izquierda latinoamericana y la construcción de alternativas”. Laberinto n
6, junio 2001, Málaga.
7 http://katz.lahaine.org
eludiendo toda referencia al capitalismo y al socialismo. Pero esta omisión conduce a múltiples
confusiones, porque el mercado no es idéntico al capitalismo. Es uno de los cimientos de este
modo de producción, que se sostiene también en el trabajo asalariado y la propiedad privada de
los medios de producción.
A diferencia del capitalismo, el mercado no es un obstáculo absoluto para el desarrollo
de una democracia genuina. Precedió durante siglos al régimen social actual y lo sucederá
durante un período significativo de transición socialista, que combinará formas económicas
mercantiles y planificadas. Esta coexistencia perdurará el tiempo requerido para gestar una
sociedad plenamente igualitaria. Durante esa fase el mercado no será un impedimento total, sino
un complemento posible de la soberanía popular.
El obstáculo inmediato para la concreción de una democracia real no es por lo tanto el
mercado sino el capitalismo. Si se aspira a conquistar la soberanía popular hay que enmarcar la
exigencia de regular estos organismos en la perspectiva de erradicar el sistema de opresión que
padece el grueso de la población.
ESPACIO PÚBLICO Y LOCALISMO
La propuesta de ampliar la gravitación de la esfera pública plantea un problema
semejante. Esta área se contrapone en primera instancia con el ámbito privado de los negocios,
la acumulación y el lucro, pero su ensanchamiento puede potenciar un proyecto keynesiano o
anticapitalista. Tal como ocurre con la regulación de los mercados este dilema acompaña a todo
incremento de la presencia estatal.
Algunas concepciones distinguen, sin embargo, la esfera pública de la órbita estatal,
manifiestamente identificada con las instituciones coercitivas y administrativas que gestionan
las clases dominantes. El terreno público es presentado, en cambio, como un área de intereses
comunes de la población, que se ha gestado junto a la ciudadanía a medida que se afianzaron
numerosas instituciones (escolares, culturales, asociativas), que mantienen cierta autonomía de
las normas formales del estado10.
Pero esta peculiaridad no convierte a la esfera pública en un ámbito neutral y ajeno a los
dueños del poder. Solo plantea otra mediación de este condicionamiento, en un terreno que se
encuentra igualmente sometido a la influencia ideológica y cultural de las clases que ejercen la
hegemonía económica, política y militar de la sociedad.
Este control no adopta las formas explícitas que asume en la esfera privada, ni las
modalidades coercitivas que caracterizan a la acción estatal. Pero se verifica en todas las normas
que rigen bajo el capitalismo para adaptar la educación, la cultura, el entretenimiento o la vida
cotidiana de los individuos, a las necesidades de este sistema. Este amoldamiento tiende a
naturalizar el status quo e incluye desde la formación de la fuerza de trabajo hasta la
manipulación de la información o la propagación de la ideología mercantil en los medios de
comunicación.
En el marco del capitalismo la simple ampliación de la esfera pública no conduce a la
democracia genuina. Esta extensión puede incluso contribuir al propósito opuesto de reforzar la
reproducción del orden vigente, si los dominadores afianzan su influencia.
Es importante advertir esta posibilidad frente a los halagos indiscriminados de la esfera
pública, que no definen el contenido de este ámbito o encubren con esta atractiva denominación
10El fundamento de estas tesis puede rastrearse, entre otros, en los textos de: Poulantzas Nicos.
“Introducción al estudio de la hegemonía en el estado”. Las clases sociales en el capitalismo
actual, Siglo XXI, México, 1976.
8 http://katz.lahaine.org
la reivindicación del estatismo. Es falsa también la idealización de ese campo como un área
autónoma de gestación espontánea del igualitarismo. El espacio público está sujeto a la
influencia preeminente de las clases dominantes y este manejo tiende a perpetuarse, si la
participación popular no es orientada hacia un proyecto socialista.
Una encrucijada semejante se plantea con la acción municipal. En este terreno se
procesan necesidades perentorias que estimulan la intervención directa de la población. Esta
participación puede incentivar movilizaciones de mayor alcance por reformas sociales en
perspectivas anticapitalistas. Pero el localismo también puede conducir a comprimir la visión
de los problemas sociales con miradas parroquiales y preocupaciones de corto alcance, que
despolitizan la acción reivindicativa. Este estrechamiento termina convalidando el orden
capitalista.
Es importante reconocer el doble filo del localismo, frente al deslumbramiento que
generó esta acción en sectores de la izquierda latinoamericana durante los últimos años. Con el
argumento de “delegar el poder en la gente” se justificó en distintos países la suscripción de
compromisos con sectores conservadores, que reforzaron el poder capitalista en varias
intendencias.
La regulación de los mercados, el ensanchamiento de la esfera pública y la acción local
son problemas que clarifican la inclinación de las distintas corrientes de la democracia
participativa hacia proyectos social-demócratas o socialistas. Una experiencia práctica de estas
disyuntivas se ha podido verificar en Porto Alegre.
La elaboración colectiva del presupuesto municipal en esta localidad brasileña fue
presentada como el debut de un proceso general de democratización de la sociedad. Se concibió
a este proceso como el primer paso hacia el control social del estado y del mercado por parte de
la mayoría popular11.
BALANCE DE UNA EXPERIENCIA.
Ciertos analistas evalúan que al cabo de 12 años se ha logrado en Porto Alegre un nivel
de participación de la población, que permite superar la pasividad constitucionalista. Estiman
que el ciudadano se convirtió en un sujeto protagónico que se apropia de la información y
define los destinos del gasto. Pero los propios gestores de la iniciativa también reconocen que
este ensayo perdió impulso, desembocó en discusiones fragmentarias y dejó un “sabor
amargo”12.
En realidad esta experiencia demostró que ampliar los debates municipales no equivale
a construir poder popular. Ilustró todos los problemas que genera discutir un presupuesto local,
cuya asignación se encuentra previamente acotada por la política neoliberal. Mientras que los
recursos del estado son manejados al servicio de los banqueros, los municipios deben
conformarse con una magra tajada.
El presupuesto participativo no ha sido un ensayo exclusivo de Porto Alegre. Fue
aplicado desde 1978 en varias localidades de Brasil y se experimentó en 140 municipios (que
incluyeron 34 gobernados por intendentes derechistas). Se ha practicado también en ciudades
estadounidense y es adulado por el establishment latinoamericano y los tecnócratas de la
11 Estos objetivos están expuestos en “Democracia Socialista”. Thesis. “Dossier Brasil: Le parti
des travaillerurs et le projet socialiste”. Inprecor 443-444, janvier-fevrier 2000, Paris.
12 Dutra Olivio. Presupuesto participativo y socialismo, El Farol, Buenos Aires, 2002. Dutra
Olivio. Entrevista, Wainwright Hilary, Brandford Sue, Sin Editorial
9 http://katz.lahaine.org
Naciones Unidas. Esta aceptación no confirma su “éxito”, sino el carácter inofensivo de una
iniciativa municipal que perdió contenido radical.
Muchos críticos remarcan, además, que los montos en debate solo involucraron al 10 o
20% de los fondos en juego. Estas asignaciones tuvieron un carácter indicativo, carecieron de
mecanismos sindicales de co-decisión en aspectos que involucraban al mundo del trabajo e
incluso favorecieron a los capitalistas locales13.
Es importante el debate de este balance con los autores que concibieron esa experiencia
como un nexo privilegiado entre las democracias participativa y socialista. Estimaron que por
esa vía se podrían lograr conquistas populares, extender los principios democráticos a la
economía y edificar la hegemonía cultural de los trabajadores14.
Pero ningún esbozo de este rumbo se verificó en Porto Alegre. La iniciativa no alteró el
manejo capitalista de los bancos, las empresas, los medios de comunicación, las instituciones
militares o los organismos educativos y sanitarios. Tampoco permitió gestar un polo progresista,
porque fue absorbido por el régimen político de los dominadores. Este desenlace confirma, que
un rumbo emancipador no se abre paso sin rupturas con los capitalistas.
La idealización del presupuesto participativo se tornó más negativa cuándo empalmó
con el continuismo neoliberal de Lula. Esta coexistencia coincidió con el giro autoritario del PT,
que se transformó en un cuerpo de administradores al servicio de los negocios empresarios.
Porto Alegre y el gobierno de Lula forman parte de una misma frustración.
Ambas experiencias corroboraron la imposibilidad de avanzar en un proyecto
anticapitalista, a través de una escalera de logros que debute en las municipalidades, se afirme
en las provincias y concluya en el gobierno nacional. Por ese camino se fortalecen las
burocracias que empiezan hostilizando al movimiento social a nivel local y terminan
administrando el país a favor del establishment.
OTRA FORMA DE INTERVENCIÓN POPULAR.
El precedente brasileño es vital para el futuro de Venezuela. En este país la democracia
participativa tiene rango constitucional desde 1999, junto a otros logros que consagran
conquistas sociales (derechos a los indígenas, campesinos, niños), nacionales (prohibición de
bases extranjeras) y democráticas (referéndum revocatorio, obligación de los funcionarios de
rendir cuentas, normas de control masivo).
La formalización de estos derechos no equivale, sin embargo, a su instrumentación
práctica. En los hechos predomina un escaso control popular sobre la gestión pública. Los
intentos de revertir este padrinazgo con “misiones” y “círculos bolivarianos” no han permitido
hasta ahora superar esta limitación. En un contexto de alta movilización popular, la autonomía
de los movimientos sociales todavía es escasa.
Pero a diferencia de Brasil, el proceso antiimperialista venezolano tiene gran
profundidad. La derecha ha sufrido derrotas contundentes y sus representantes han sido
desplazados del aparato estatal. Este curso podría afianzarse si los triunfos electorales que viene
acumulando Chávez dan lugar a una mayor ruptura con el imperialismo y al surgimiento de un
poder popular.
13 Divés Jean Philippe. "Budget participatif ": réalités et théorisations d'une expérience
réformiste. Carré Rouge, n 20, janvier 2002.
14
Benevides Maria Victoria. Presupuesto participativo y socialismo, El Farol, Buenos Aires,
2002.
10 http://katz.lahaine.org
Una nueva secuencia de nacionalizaciones en sectores estratégicos -junto a la creación
de los Consejos Comunales- podría apuntalar esta radicalización. Pero un salto hacia la
democracia genuina requerirá que los recursos de esas transformaciones contribuyan a la
distribución del ingreso y no al enriquecimiento de grupos capitalistas. También exigirá que la
participación popular asuma un contenido efectivo.
El rumbo del proceso bolivariano se dirime en gran medida a través de un conflicto
entre tendencias a la democratización y al paternalismo. En un país históricamente moldeado
por una economía y una cultura de rentismo petrolero, la intervención masiva es la llave para un
despegue del socialismo del siglo XXI.
DICTADURA DEL PROLETARIADO
Algunos enfoques socialistas asignan poca relevancia a la democracia en el proyecto
anticapitalista. Casi nadie rechaza el uso de este término con algún adjetivo progresista
(popular, antiimperialista, anticapitalista), pero ciertos autores objetan la representación, el
pluralismo o la variedad de partidos. Estas visiones se apoyan en tres justificaciones teóricas: la
dictadura del proletariado, el partido único y el consejismo.
La dictadura del proletariado es un lema con pocos defensores contemporáneos. Fue
utilizado por los marxistas revolucionarios para resaltar la necesidad de enfrentar con
mecanismos coercitivos la resistencia de los capitalistas a perder sus privilegios. Se promovía
quebrar estas conspiraciones mediante un vigoroso ejercicio del poder popular.
Esta acepción genérica de la dictadura del proletariado -que Marx recogió del jacobino
Blanquí- no ha perdido vigencia. La experiencia demuestra que para revertir el despotismo del
capital resultará indispensable recurrir a respuestas populares contundentes. Pero esta
constatación no esclarece el modelo político de una transición socialista.
Al igual que el variado régimen burgués ((monarquía, autocracia, fascismo,
bonapartismo, constitucionalismo), un proceso post-capitalista podría asumir múltiples formas.
Y a este nivel del análisis el uso del término dictadura del proletariado pierde relevancia. Solo
define un sustento de clase del estado, sin clarificar mucho las formas de gobierno.
Algunas versiones presentaron en el pasado la dictadura del proletariado como una
administración exenta de leyes. Pero esta caracterización contradice el propósito socialista de
transparentar el sistema político. La ausencia (o vaguedad) de reglas solo abre el camino hacia
el despotismo. Para evitar este peligro se necesita compatibilizar el ejercicio fuerte y controlado
del poder, con procedimientos que expresen consenso en torno a las metas igualitarias de la
nueva sociedad.
Pero existen otras razones para sustituir el estandarte de la dictadura del proletariado por
la bandera de la democracia socialista. El primer término ha perdido la connotación positiva que
presentaba en la época de Marx o Lenin, como opción frente a la autocracia y ha quedado en
cambio asociado, con el totalitarismo que prevaleció en la URSS.
Como en las últimas dos décadas se han registrado, además, grandes victorias
democráticas en Latinoamérica y Europa del Sur existe una generalizada identificación del
término dictadura con cualquier tiranía militar. Esta asociación es tan fuerte, que muy pocos
socialistas mencionan la dictadura del proletariado en su actividad política cotidiana. A lo sumo
preservan el concepto para las discusiones en los pequeños ámbitos de la izquierda, pero frente
el gran público soslayan esta consigna15.
15 Un ejemplo de esta dualidad -entre reivindicación genérica de la democracia en ciertos
ámbitos y sostén de la dictadura del proletariado en otros- son los textos de Rieznik Pablo: “La
FUBA es la democracia, Página 12-24-11, Rieznik Pablo. “En defensa del catastrofismo”. En
11 http://katz.lahaine.org
Otros autores consideran necesario preservar la consigna de la dictadura del proletariado
para evitar la involución política de la socialdemocracia o del eurocomunismo16. Pero olvidan
que no es el mantenimiento o abandono de cierta fórmula lo que determina la fidelidad a una
estrategia socialista. Por ejemplo, los tiranos stalinistas reivindicaban la dictadura del
proletariado implementando una práctica nefasta para la lucha emancipatoria.
Tampoco la sustitución de la dictadura del proletariado por alguna noción más digerible
-como “gobierno obrero o de los trabajadores”- resuelve los problemas. En lugar de ofrecer una
“acepción popular” del controvertido término, esa sustitución conduce a jugar con las palabras.
En la tradición de la III Internacional los dos conceptos en debate perseguían objetivos
específicos. Mientras que la dictadura del proletariado aludía a procesos revolucionarios en
curso, el llamado a formar gobiernos de los trabajadores convocaba a forjar coaliciones obreras
para desplazar a los partidos burgueses del gobierno. Sugerían opciones políticas distintas para
promover rupturas con el régimen capitalista.
El énfasis de la dictadura del proletariado -como un régimen transitorio de fuerzapresenta
erróneamente un proyecto liberador en función de sus potenciales adversidades. Olvida
que el uso de la coerción para sostener una transformación social no es una peculiaridad del
socialismo. Ha sido la norma de todas las revoluciones y es un principio que las constituciones
burguesas lateralmente aceptan, al autorizar recortes de las libertades públicas en circunstancias
de conmoción o guerra.
Acentuar la importancia de la democracia en un proyecto socialista no es una
arbitrariedad, ya que obedece a la profunda expansión del sentimiento democrático
contemporáneo. Reconocer esta ampliación no es una capitulación, sino un índice de realismo.
El estandarte de la democracia plena no solo es vital para el socialismo, sino que además goza
de gran consenso actual y por esta razón el establishment lo manipula. La mejor respuesta frente
a esta digitación es desenmascarar los engaños y no renegar de la democracia.
¿PARTIDO UNICO O PLURALISMO?
La preeminencia de un sistema pluripartidista o de partido único constituye otro aspecto
clave del modelo socialista. El colapso del esquema piramidal que rigió en el ex “campo
socialista” ha desprestigiado la tesis que postulaba el liderazgo exclusivo de una organización
en la transición post-capitalista.
En el caso de la URSS y Europa Oriental, este ejercicio monopólico del poder facilitó la
restauración del capitalismo cuándo las burocracias que dirigían esos partidos decidieron
reconvertirse en clases dominantes. Con muchas diferencias de tiempos y estrategias esta misma
involución se está repitiendo en China. En ciertos países, el pluripartidismo formal solo
complementaba esa deformación, con la presencia de organizaciones fantasmales, que eran
digitadas desde el poder central. La democracia socialista implica diversidad real de partidos,
libertad de expresión y contraposición efectiva de proyectos que expresen a los distintos
sectores de la población.
Algunas deformaciones del mono-partidismo provienen de la generalización abusiva de
la experiencia bolchevique. La primera revolución socialista indujo ensayos de repetición, que
olvidaron las singularidades y los errores de esa gesta. La idea de crear un sistema de partido
único nunca figuró en el proyecto inicial de Lenin. Fue un resultado de la guerra civil, la
defensa del marxismo n 34, Buenos Aires, 19-10-06.
16 Cinatti Claudia, Albamonte Emilio. “Más allá de la democracia liberal y el totalitarismo”.
Estrategia Internacional, n 21, septiembre 2004, Buenos Aires.
12 http://katz.lahaine.org
agresión imperialista y el fracaso de la revolución en Europa. Aunque era una medida transitoria
-destinada a defender el poder soviético frente a las fuerzas invasoras- fue teorizada como una
regla de toda transición socialista. Se transformó la necesidad en virtud, favoreciendo un dogma
que fue sacralizado durante décadas.
Trotsky fue la primera víctima de estos errores. Luego de oponerse durante años al
partido centralizado que pregonaban los bolcheviques, cambió de posición y proclamó la
necesidad de suprimir a todas las organizaciones adversas a ese liderazgo. Las atrocidades de
Stalin lo convencieron posteriormente de la necesidad del pluripartidismo en una democracia
soviética. En esta revisión también cuestionó el principio de homogeneidad política de las clases
populares en una sociedad post-capitalista. Reivindicó la conveniencia de canalizar la variedad
de opiniones en partidos diferenciados17.
El multipartidismo es un principio esencial de la democracia socialista, aunque su
aplicación resulte muy compleja durante los períodos de enfrentamiento más duros con las
clases opresoras. La historia demuestra cuán brutal es la resistencia que oponen estas minorías.
Pero también indica que el éxito de la respuesta popular depende de la capacidad de los
revolucionarios para mantener el aval mayoritario de la población. Este sostén no puede
preservarse en el mediano plazo con regímenes dictatoriales. El gran desafío de una
transformación anticapitalista es afrontar las conspiraciones capitalistas, perfeccionando al
mismo tiempo la democracia socialista.
CUBA Y VENEZUELA
Estas observaciones son importantes para el porvenir de Cuba porque este futuro se
dirime en torno a tres opciones: mantener el sistema actual, introducir el constitucionalismo
burgués o gestar el pluripartidismo socialista. El trasfondo de esta reorganización será la
restauración capitalista -que imposibilitaría la democracia sustancial- o la renovación socialista
que facilitaría esa meta.
El contexto de estas opciones ha variado significativamente en comparación a la década
pasada. La gran adversidad para profundizar el rumbo socialista ya no es el colapso económico,
el aislamiento internacional, el auge del neoliberalismo o el derrumbe de la URSS. Las
dificultades se concentran en la potencial apatía de la población. Esta indiferencia alimenta las
tendencias a la corrupción y a los privilegios, que acumulan los interesados en una involución
capitalista.
Pero lo importante es registrar que estas tensiones ya no se inscriben en el marco
internacional adverso de los años 90. Se procesan en el auspicioso contexto que han creado las
rebeliones populares en América Latina y el ascenso de nuevos gobiernos nacionalistas
radicales. El retroceso de imperialismo, el desprestigio del neoliberalismo y los nefastos
resultados de la restauración en Rusia o Europa Oriental afianzan este favorable contexto.
Cualquier reflexión sobre la renovación socialista exige reconocer primero, la
excepcional hazaña de supervivencia que ha logrado la revolución cubana durante la última
década. Sin comprender las raíces de este extraordinario mérito, no es posible entender las
enormes diferencias cualitativas que siempre distinguieron a Cuba de la URSS. Esta
incomprensión conduce a visiones sombrías o carentes de opción, que no sugieren caminos para
gestar el pluralismo socialista18. En este análisis, nunca se debe olvidar la situación que enfrenta
17 Estas dos posturas están expuestas en Trotsky León. Terrorismo y comunismo, Ed Política
Obrera, Buenos Aires, 1965 y en Trotsky, León. La revolución traicionada, Ediciones del Sol,
México, 1969, (cap 10).
18 El primer enfoque exhibe Castillo y el segundo Paz Ortega frente a una evaluación más
positiva y realista de Konrad. Castillo Jean. “La sucesión a la tete de la revolution”. Paz Ortega
13 http://katz.lahaine.org
una pequeña isla asediada por el coloso imperialista. Este acoso determina que los ritmos y las
formas de liberalización política sean compatibles con las restricciones que imponen las
conspiraciones del Pentágono.
El debate sobre el partido único ha sido también actualizado por la convocatoria de
Chávez, a conformar una organización política que encabece el proceso bolivariano. No es un
llamado a reproducir el modelo mono-partidario de la URSS, ni a eliminar la presencia de
múltiples organizaciones. Propone aglutinar bajo un mando único a los partidarios del proceso
actual y no cierra el camino hacia el pluralismo socialista del futuro. En la coyuntura actual, esta
iniciativa se ubica en el centro de la gran disputa entre avanzar hacia un curso anticapitalista o
congelar las transformaciones a favor de un modelo capitalista19.
En el campo de la izquierda existen legítimas prevenciones contra este esquema. Hay
serios interrogantes sobre la vida política interna de esa organización, en un marco de manejos
desde arriba y exigencias de sometimiento al rumbo oficial20. Pero también han aparecido
cuestionamientos equivocados. Algunos autores sostienen que el partido único forma parte de
una ideología estatal, opuesta a la tradición libertaria de los movimientos sociales. Otros
identifican la época de los partidos con el siglo XX y la nueva centuria con los movimientos
sociales. También afirman que el primer tipo de organizaciones conduce a la profesionalización
de los políticos y genera intermediaciones innecesarias21.
Estos enfoques no toman en cuenta la complementariedad entre movimientos y partidos
y tampoco desentrañan los intereses sociales en juego. Hay tantos movimientos reaccionarios
como partidos progresistas y viceversa, ya que los defensores del capitalismo y los promotores
de su erradicación actúan en ambas modalidades de agrupamientos.
El partido no es una estructura perimida. Conforma un tipo de organización necesaria
para la lucha por el poder, que no puede ser reemplazada por articulaciones que canalicen
reivindicaciones parciales o sectoriales de los oprimidos (desocupados, indígenas, campesinos,
mujeres). Esas diferencias cualitativas se diluyen, cuando ciertos movimientos se convierten en
partidos, manteniendo su denominación original. También en los episodios electorales decisivos
se corrobora que los movimientos no sustituyen a los partidos. Estos acontecimientos han sido
decisivos en el surgimiento de varios gobiernos nacionalistas-radicales.
La relevancia de los partidos no desmiente su desprestigio, ni supone reivindicar el
vanguardismo o la auto-proclamación sectaria, que caracteriza a muchas organizaciones
pequeñas de izquierda. Los partidos son útiles en la medida que contribuyan al desarrollo de la
conciencia socialista y al procesamiento colectivo de las experiencias de lucha. Son
organizaciones que aportan cimientos para un futuro régimen político socialista. Objetar su
existencia equivale a postular en los hechos alguna forma de unanimidad forzada, contraria al
objetivo de la democracia plena.
Maneul. “Battaille des idees”. Konrad J. “La societé cubaine” Inprecor 523-524. decembre
2006- janvier 2007.
19Esas opciones son expuestas por Bernabé Rafael. “Partido, Estado y Socialismo”. RSIR,
Dossier 34, febrero 2007.
20 Lander Edgardo. “¿Aborto del debate sobre el socialismo del siglo XXI” Aporrea, 25 de
diciembre de 2006. López Maya Margarita. “Cada quién con sus anteojos”. Aporrea. Org, 11 de
febrero de 2007.
21Davalos Pablo. “Socialismo del siglo XXI, un discurso de estado”. Eutsi.org, 6 de febrero de
2007. López Sánchez Roberto. “Puede ocurrir una profunda crisis política dentro del
chavismo”. Aporrea. Org, 21 de diciembre de 2006.
14 http://katz.lahaine.org
LOS PROBLEMAS DEL CONSEJISMO I
La democracia socialista presupone no solo multipartidismo, sino también sufragio y
representación indirecta. Estos mecanismos se gestaron junto al capitalismo, pero sobrevivirán a
sus restrictivas condiciones de aparición histórica. Al igual que otros logros universales de la
civilización, estos dispositivos serán cualitativamente transformados por el socialismo.
Esa recuperación no fue considerada por los líderes de la revolución rusa, que se
inspiraron en la Comuna de Paris para promover el modelo consejista que abortó la tiranía
stalinista. La escasa duración de este experimento -reivindicado actualmente por varias
corrientes de la izquierda- torna muy difícil su evaluación. Al igual que la democracia socialista
esta propuesta constituye tan solo una hipótesis, que debe analizada en función de su
congruencia con el propósito de erigir una sociedad emancipada.
Las dificultades que genera la conversión de organismos populares -creados para
derrocar a un régimen opresor- en estructuras estatales se vislumbraron antes del copamiento
stalinista. Estos problemas quedaron ensombrecidos por el extraordinario impacto de la
revolución rusa, que también diluyó las diferencias de los soviets con la Comuna de Paris. Este
precedente se inspiró en la tradición federalista prouhdoniana de organización comunal e incluía
el principio republicano del sufragio universal. En cambio su equivalente soviético se forjó en
los lugares de trabajo de la clase obrera y se extendió por la guerra a los soldados y campesinos.
El pilar de este sistema no fue el territorio, sino las fábricas y el ejército.
Lenin intentó gestar un sistema político a partir de los organismos que consumaron el
éxito de la revolución. Parecía lógico continuar la transición socialista institucionalizando el
funcionamiento de estas estructuras. Pero este proyecto presuponía un acelerado proceso de
extinción del estado, que convertiría a los soviets en los precedentes inmediatos de la sociedad
comunista.
El líder bolchevique esperaba concretar esta vertiginosa transición socialista con el
sostén de la democracia directa. No descartó el pluralismo y la representación indirecta por su
“predisposición tiránica”, sino por su entusiasta expectativa en esa evolución. Su apuesta chocó
con el atraso, el aislamiento y la devastación que enfrentó la naciente Unión Soviética. A la luz
de lo sucedido, cabe suponer que en un escenario más favorable, tampoco sería factible esa
acelerada disolución de la estructura clasista.
Los consejos enfrentan todas las dificultades de funcionamiento que afectan a la
democracia directa en sociedades extendidas, complejas y numerosas. El esquema cantonal -que
prescinde de la delegación- es poco viable en cualquier conglomerado urbano del siglo XXI.
Pero, además, resulta inconveniente eludir la representación indirecta. La sustitución del
sufragio por esquemas piramidales de delegados no transparenta la acción política, sino que
genera fuertes tendencias a la centralización, la burocracia y la primacía de grupos de interés, en
los niveles intermedios de esa estructura. La idealización de los soviets como realización de la
democracia auténtica omite estos obstáculos22.
22 Por ejemplo, en la visión de: Abramo Basilio “Sobre la democracia participativa o una nueva
forma ingeniosa de engañar a los trabajadores”. “Estrategia Internacional” n 17, otoño 2001,
Buenos Aires.
15 http://katz.lahaine.org
LOS PROBLEMAS DEL CONSEJISMO II
Frecuentemente se afirma que Marx, Engels o Luxemburg postularon el esquema
consejista, olvidando que también consideraron otras opciones y que esta invocación de
autoridad no clausura el problema. También se plantea que el modelo debutó exitosamente en
1917 y fue distorsionado en 1923, como si todo lo ocurrido antes y después de ese interludio
mítico careciera de importancia. No es muy productivo cuestionar los elementos históricamente
progresivos de la ciudadanía (sufragio, derechos políticos, representatividad, igualdad ante la
ley, justicia independiente, separación de poderes), sin aclarar que se propone a cambio.
Algunos analistas –que afrontan con seriedad el tema- estiman que el modelo territorialcomunal
podría prevalecer en el futuro sobre los soviets, como consecuencia de la
relocalización fabril que está remodelando a la clase obrera a escala global. Observan una
eventual anticipación de esta tendencia en ciertas sublevaciones populares recientes (como El
Alto en Bolivia)23.
Pero de estos acontecimientos no surge ningún indicio de viabilidad de los consejos
como pilares de un sistema político socialista. La historia solo ha corroborado la necesidad de
estos organismos para concretar un giro anticapitalista, pero no hay indicios de sus ventajas para
erigir una sociedad socialista.
Algunos autores estiman que la instauración de formas parlamentarias constituiría una
regresión, frente al poder popular surgido en un proceso revolucionario24. Pero omiten que las
estructuras políticas requeridas para consumar esta sublevación, no son idénticas a las
requeridas para edificar el nuevo sistema. Distinguir entre ambas funciones es importante,
porque algunos organismos que son vitales para etapas convulsivas pierden utilidad en los
períodos de mayor estabilidad.
El protagonismo popular es muy diferente en ambas situaciones porque la
predisposición de las masas para actuar vigorosamente se modifica y la finalidad originaria de
los soviets, consejos o comunas se altera. Reconocer esta dinámica no implica postular ningún
tránsito legislativo, pacífico o socialdemócrata al socialismo. Este salto anticapitalista requerirá
un camino de rupturas revolucionarias. Pero el debate no gira en torno a este curso, sino a la
naturaleza del sistema político socialista. Son dos temas enlazados, pero no idénticos y en la
actualidad es tan importante definir estrategias de poder, como esclarecer proyectos de
funcionamiento del régimen anhelado.
Otros enfoques señalan que el modelo soviético es irreemplazable para permitir el rol
dirigente del proletariado en una transformación socialista. Destacan que en el antecedente ruso,
los consejos situaron a la clase obrera en ese lugar25. Pero olvidan que las circunstancias
específicas de 1917 no crearon un principio inamovible de estrategia socialista. La revolución
bolchevique exigía la hegemonía de la clase obrera frente a una voluble masa campesina, en un
país imperial atrasado, convulsionado por la guerra y desintegrado por siglos de autocracia.
Otros procesos revolucionarios asumieron formas muy diferentes, con intervenciones más
23 Callinicos Alex. “Alternativas al neoliberalismo”. Memoria 211, septiembre 2006, México.
Callinicos Alex. “El doble poder en nuestras manos”, Socialist Worker, 6-1-07, London.
24Este cuestionamiento formula contra nuestra tesis: Harman Chris. “Making sense of socialism
today” International Socialism n 108, 17 october 2005, London.
25Gutiérrez Gastón. “Nuevos argumentos para viejos reformismos. Una polémica con Daniel
Bensaid”.Lucha de Clases n 6, junio 2006, Buenos Aires.
16 http://katz.lahaine.org
activas de los campesinos (China), prolongadas guerras populares (Vietnam) o epicentros en la
resistencia antiimperialista (Cuba).
Esta variedad confirma que existen múltiples caminos hacia la transformación
anticapitalista y también que en su desenvolvimiento los explotados ocupan un papel estratégico
dentro de la masa de los oprimidos. Pero esta centralidad no queda resumida en la restrictiva
consigna que plantea la “conducción de la revolución por parte de la clase obrera”. El mayor
problema no es proclamar este liderazgo, sino identificarlo con la sobre-representación del
proletariado y un recorte de los derechos políticos que corresponden al resto de los oprimidos.
En este caso se postula una modalidad de voto calificado, que es totalmente incompatible con
las alianzas populares y los principios igualitarios que exige el socialismo.
UNA SÍNTESIS CON HISTORIA
La democracia socialista retoma la amplitud de criterio que demostraron Marx y Engels.
Ambos teóricos observaron con atención los esquemas territoriales de democracia directa
(Comuna de Paris) y las modalidades de representatividad indirecta, surgidas de la lucha por el
sufragio universal (Inglaterra) y la acción parlamentaria (Alemania). Se guiaron por el curso
real de los acontecimientos y mantuvieron un estrecho contacto con los movimientos sociales
existentes (cartistas, comuneros, socialdemócratas). Estas actitudes indican criterios para actuar
en el siglo XXI.
También Luxemburgo mantuvo varias posiciones frente al dilema sovietsparlamento.
Postuló un enfoque consejista, pero también resaltó el significado de las
conquistas democráticas logradas por los socialistas. Esta postura explica su crítica a la
prescindencia bolchevique de una asamblea constituyente para legitimar el régimen
creado en 1917. También determinó su cuestionamiento a las restricciones impuestas
durante esa gesta a los partidos y a las libertades públicas26.
Desde una apasionada actitud de defensa de la revolución, Luxemburg objetó la
descalificación de la representación electoral y el uso del terror. Distinguió este
deplorable recurso -que desmoraliza e impide el crecimiento político de las masas- de la
necesaria violencia que acompaña a toda transformación anticapitalista. Pero no vaciló
en denunciar también el alineamiento contrarrevolucionario de la socialdemocracia y su
violenta represión de los embrionarios consejos creados durante la revolución alemana
de 1918. No estuvo atada al dogmatismo soviético, pero tampoco se ubicó en el polo
opuesto de la conciliación reformista.
Luxemburg aporta la mejor síntesis entre acción revolucionaria y promoción de
la soberanía popular que necesita un proyecto contemporáneo de democracia socialista.
Pero conviene recordar que también Lenin defendió distintos cursos para un régimen
socialista antes de octubre. Después de ese desenlace enfrentó la dura arremetida, que la
socialdemocracia perpetró contra la revolución con el estandarte de la democracia.
En ese duro contexto Lenin desplegó una crítica indiscriminada contra el
constitucionalismo y minimizó las conquistas democráticas contenidas en este sistema.
Este aspecto salió a flote en su propia polémica posterior contra la “enfermedad
infantil” de los izquierdistas, que rechazaban toda intervención parlamentaria. La
26 Luxemburgo Rosa. “La revolución rusa” Obras escogidas, tomo 2, Ediciones Pluma, Buenos
Aires, 1976.
17 http://katz.lahaine.org
adecuación a las circunstancias cambiantes fue un rasgo de los líderes bolcheviques, que
se observó también en el giro de Trotsky desde el partido único al pluripartidismo.
El debate sobre la democracia socialista quedó polarizado durante varias décadas
entre el consejismo (asociado con la revolución) y la representación indirecta
(identificada con la capitulación socialdemócrata). Esta antinomia comenzó a superarse
a fines de los 70, bajo el impulso de varios teóricos marxistas -como Miliband,
Poulantzas o Mandel- que desde posturas muy diferentes aportaron nuevas bases para
un proyecto de democracia socialista. Realzaron el carácter sustancial, representativo,
participativo, pluralista y multipartidario de este sistema27. Esta propuesta perdió interés
durante el ascenso del neoliberalismo y el desplome de la URSS, pero tiende
actualmente a recuperar influencia, especialmente en América Latina.
SENTIDOS Y DIFICULTADES
La construcción de una democracia socialista tendrá que integrar aspectos
parciales de varias experiencias contemporáneas. Absorberá elementos del
constitucionalismo, de los esbozos de la democracia participativa, de los intentos de
democracia directa y de las dificultades del consejismo. Pero nunca deberá perder de
vista que los oprimidos son los artífices de un proyecto centrado en la erradicación del
capitalismo.
Confiar en la acción de las masas es la condición para gestar un sistema político
no elitista. Esa intervención no sigue una línea recta e incluye múltiples deformaciones
(divisiones, enconos, despolitización), pero es la única vía de experimentación hacia el
auto-gobierno. Si se temen los efectos de esta irrupción -que siempre adopta formas
sorpresivas y desprolijas- el proyecto socialista no saldrá a la superficie.
Este programa es irrealizable bajo el capitalismo, pero no se consumará
automáticamente con la superación de ese sistema. Tampoco surgirá del entierro del
pasado, ni de la expectativa romántica de gestar un mundo mágico desde el vacío. El
nuevo régimen deberá conjugar innovaciones con herencias y enlazará los distintos
mecanismos de la democracia directa e indirecta.
Es importante reconocer también que la futura democracia socialista será un
sistema contradictorio y pleno de tensiones. No materializará la armónica estación final
del progreso humano que se imaginó en el pasado. El gran cambio se verificará en el
procesamiento y no en la inexistencia de esos conflictos
La propia participación popular es un tema controvertido. Esta presencia
aumentaría cualitativamente con la reducción de las desigualdades sociales, la mejora
del nivel de vida y la existencia de mayor tiempo disponible para los asuntos de la
colectividad. Pero no será sencillo asegurar una participación perdurable, que exprese
siempre impulsos voluntarios ajenos a las presiones de los dirigentes.
En la tradición republicana se reconoce la existencia de un conflicto entre el
ideal cívico (heroísmo militar, trabajo voluntario, compromiso ciudadano) y el
27 Poulantzas Nicos. Estado, poder y socialismo. Siglo XXI, México, 1979. Miliband Ralph.
Socialismo para una época de escépticos. Siglo XXI, México, 1997. Mandel Ernest. El poder y
el dinero, siglo XXI, México, 1994.
18 http://katz.lahaine.org
desarrollo personal. En el universo socialista esta misma tensión opone la acción
militante con el repliegue a la vida privada.
Este dilema expresa la compleja individualidad contemporánea y obliga a
concebir simultáneamente mecanismos de participación y delegación. Incidir sobre los
procesos políticos -con el derecho a no actuar- debería constituir un rasgo de la
democracia socialista. Esta norma se asentaría en el nuevo consenso creado en torno a
los principios de igualdad. En lugar de intentar alcanzar el ideal de perfectibilidad
humana que legó la Ilustración se promovería un individualismo socializado, es decir
desarrollos de sujetos muy diferenciados, pero asociados en un proyecto común de
cooperación, equidad y solidaridad.
La democracia plena es realizable bajo el socialismo y debe ser reivindicada sin
prevenciones, ni reservas. La construcción de la nueva sociedad ya no enfrenta
limitaciones de recursos materiales. El obstáculo actual es la vigencia de un régimen de
explotación, competencia y beneficio, que no tolera la igualdad. La democracia
socialista es una opción frente a este sistema y su discusión actual en América Latina
concentra las polémicas más fructíferas y apasionantes de nuestra época.
2-06-07
________________________________________________________
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